DE DONDE PROVIENE EL APODO "GRINGO"? 

Todos conocemos algún «Gringo», por lo claro de su cabello y sus ojos, pero de dónde proviene este apodo?

Desde Argentina a México, circula la misma versión sobre el origen de la palabra «gringo». Se atribuye a los inmigrantes irlandeses la costumbre de pasearse por el campo, entonando con honda nostalgia una canción patria referida a las verdes campiñas de Irlanda que comienza: «Green go…»

Si bien el dato es realmente incomprobable, el aparente parentesco fonético es susceptible de serios reparos históricos y lingüísticos.

En muchos países de Hispanoamérica dan a «gringo» un valor despectivo, y en el área del caribe es una voz hasta ofensiva e insultante con que se designa a los estadounidenses para remarcar su condición de intrusos.

En la Argentina, por el contrario, «gringo» tiene un matiz afectivo y cordial, hasta el extremo de que es un sobrenombre familiar aplicado a quienes tienen la piel muy blanca, la cara pecosa, el cabello rubio, los ojos claros.

En la foto, un grupo de criollos jugando a la taba

A Carlos Pellegrini todos le decían «Gringo», y abundan en los hogares –particularmente del interior- los apodos de «Gringo» y «Gringa» a miembros de la familia que reúnen las características señaladas.

Para el argentino «gringo» equivale a «inmigrante»; y se aplica tanto al estadounidense como al inglés, al italiano, al suizo, al francés, al alemán, al eslavo, y a todo europeo no español, ya que éste es siempre «gallego» aunque provenga de Barcelona. Por lo mismo, cuando se hace referencia a la inmigración masiva, es común hablar de las oleadas de «gringos» llegadas al país.

Un juego que puede llegar a tener un origen gringo, es la taba. Se juega con un hueso del tobillo de la vaca (la taba), que tiene dos caras bien diferenciadas: la suerte (parte cóncava) y el culo (parte convexa). Dos jugadores —o dos bandos— apuestan dinero u objetos y, por turnos, lanzan la taba dentro de un terreno marcado, generalmente un rectángulo en la tierra. Antes de tirar, cada uno elige una de las caras. Si al caer la taba queda hacia arriba la cara elegida, ese jugador gana la apuesta; si no, pierde.

INAUGURACION DEL CINERARIO DE CHACARITA 

En una crónica publicada en Buenos Aires en 1900, se describía con detalle una de las innovaciones sanitarias más modernas de la ciudad: la puesta en funcionamiento del cinerario del cementerio, destinado a recibir las cenizas de los cadáveres incinerados por razones de salubridad pública (enfermedades contagiosas). A diferencia de lo que podría suponerse, esas cenizas no se guardaban en compartimentos individuales, sino que eran depositadas en conjunto en este espacio especialmente preparado, cuyas llaves habían sido recientemente entregadas al administrador del cementerio.

El texto también relataba la inminente inauguración del horno crematorio, que aún no había sido estrenado oficialmente, aunque ya se habían realizado pruebas en presencia del intendente municipal Adolfo Bullrich, el presidente del Departamento Nacional de Higiene, doctor Wilde, y los ingenieros Morales y Silva. 

La construcción respondía a las más estrictas prescripciones científicas de la época: se había eliminado por completo el uso de madera y se emplearon hierro y ladrillos refractarios tanto en puertas y ventanas como en pisos y paredes. 

El edificio contaba además con dos salas anexas destinadas a autopsias y dependía directamente de la Asistencia Pública, que había redactado un reglamento especial para su funcionamiento, mostrando cómo la higiene y la ciencia comenzaban a moldear también el tratamiento de la muerte en la Buenos Aires de comienzos del siglo XX.


COMO SE DESINFECTABA BUENOS AIRES EN 1899

En el Buenos Aires de fines de siglo, cuando la densidad de población y las enfermedades contagiosas eran temas de constante preocupación, la Asistencia Pública desplegaba un ejército silencioso y meticuloso: las cuadrillas de desinfectadores. Su misión —aunque a menudo mal comprendida— era de vital importancia para la salud de la comunidad.

Por las calles de la ciudad, especialmente en los viejos conventillos de inquilinato, se veían hombres uniformados en trajes impermeables, equipados con bolsas para ropa contaminada, cajas, aparatos de medición y regadores, movilizándose con un carro especial que transportaba hasta las estufas desinfectadoras municipales. Cada cuadrilla estaba compuesta por un capataz y tres ayudantes, entrenados para enfrentar los focos de infección en hogares donde había casos de enfermedades como difteria o sarampión.

Buenos Aires contaba con dos grandes estufas desinfectadoras:

  • La del Sur, en la esquina de Comercio y Cevallos, una unidad portátil del sistema Le Blanch con capacidad de un metro cúbico, que actuaba mediante vapor a presión y podía servir incluso como estación sanitaria. Se recordaba su uso oportuno en Belgrano durante la última fiebre amarilla.

  • La del Norte, en Centro América y Melo, consistía en cuatro estufas combinadas, del sistema Geneste-Herscher, cada una de dos metros cúbicos, destinadas especialmente a la desinfección de ropa mediante vapor a presión.


Al llegar al domicilio, los empleados encargados tomaban las prendas por inventario, asegurando que cada pieza fuera registrada antes de pasar al tratamiento. Una vez desinfectadas, la estufa devolvía la ropa correctamente acondicionada, separada en atados y lista para su restitución a los dueños.

Contrariamente a lo que muchos temían, las telas delicadas no sufrían daños durante la operación: cuando una prenda podía verse alterada por el vapor, se aplicaba formal en su lugar, dentro de los mismos hornos, garantizando la preservación de las prendas más frágiles.

Cabe destacar, que se desinfectaba con bicloruro de mercurio, un poderoso antiséptico y  desinfectante. Con el tiempo, su uso ha disminuido debido a su extrema peligrosidad por ingestión, inhalación o contacto, ya que causaba daños severos a riñones, sistema nervioso y tejidos, pudiendo ser mortal incluso en pequeñas dosis. 


Sin embargo, la práctica de la desinfección domiciliaria no siempre era acogida con agrado. En muchas casas de inquilinato, la aparición de las cuadrillas era recibida con protestas, gritos, insultos e incluso agresiones físicas. La gente veía a los inspectores de higiene casi como portadores de una calamidad, y no era extraño que la presencia policial tuviera que intervenir para contener los desbordes.

Este rechazo —en particular entre las clases más humildes— reflejaba una profunda desconfianza hacia las autoridades sanitarias. A menudo se atribuía esa aversión no al desconocimiento de los riesgos, sino a una mezcla de miedo, ignorancia y orgullo herido. Y sin embargo, hacía falta una mirada más ecuánime para apreciar cuán imprescindibles eran esas medidas, sobre todo en viviendas amontonadas, sucias y poco ventiladas, donde la ausencia de higiene podía convertir cualquier foco de infección en una fuente de peligro para toda la comunidad.

Los médicos de la época eran inflexibles en sus recomendaciones y se esforzaban por enseñar a sus pacientes la importancia de un ambiente aseado. Mostraban que vivir en condiciones higiénicas no perjudicaba ni la salud ni las pertenencias —lo verdaderamente bochornoso era la falta de limpieza permanente.

Quizás el horror que muchos sentían hacia la desinfección venía de las imágenes de los lazaretos, lugares donde se aislaba a los enfermos más graves. Pero la desinfección practicada por la Asistencia Pública era otra cosa: un acto de prevención necesario, discretamente técnico y esencialmente inofensivo, que buscaba proteger no solo al enfermo, sino a toda la sociedad porteña.

UN ASILO DE MENDIGOS EN PLENO RECOLETA

Hoy cuesta imaginarlo, pero en el mismo lugar donde asociamos a Recoleta con palacios afrancesados, turistas, cafés elegantes y la solemnidad del cementerio más famoso del país, hubo una institución que desentona por completo con esa postal: un asilo de mendigos y ancianos pobres administrado por la Sociedad de Beneficencia, ubicado frente a la Avenida Alvear y al costado mismo de la Recoleta. 



El lugar, estaba constituído por anchos patios sombreados por árboles casi seculares y jardines cuidados. Allí hombres y mujeres después de vidas desparejas, fracasos, trabajos duros o destinos torcidos, encontraban allí un lugar donde terminar sus días sin mendigar, porque al cruzar ese umbral la limosna quedaba prohibida y todas sus necesidades pasaban a estar cubiertas. 

Los asilados en su hora de descanso, jugaban a la lotería por centavos. Entre ellos había músicos que alguna vez recibieron aplausos, pintores que no lograron vivir de su arte, comerciantes que fueron reyes de la Bolsa y terminaron con la bolsa al hombro, ex funcionarios, colonizadores, poetas.



Con el paso de las décadas, la zona se transformó de manera definitiva, las quintas desaparecieron, los terrenos se cotizaron, los palacios se multiplicaron y Recoleta terminó de consolidarse como símbolo de refinamiento porteño.

Este Asilo de Mendigos, inaugurado oficialmente en 1858 bajo la administración del gobernador Valentín Alsina. Con el tiempo pasó a llamarse Asilo de Ancianos “General Viamonte” y llegó a albergar hasta 800 personas sin medios de subsistencia, con servicios que incluían cocina, enfermería y biblioteca, y atendidas por cientos de empleados y religiosas de la orden de San Vicente de Paul.

En 1907 el asilo fue transferido al Estado Nacional y funcionó así hasta mediados del siglo XX, y cuando fue clausurado en la década de 1970 el edificio histórico —ya deteriorado— terminó siendo transformado en lo que hoy conocemos como Centro Cultural Recoleta, un espacio de arte, talleres, exposiciones y eventos culturales que se inauguró en 1980.

COMO SUBIERON LA ESTATUA DEL DIARIO LA PRENSA?

En 1898 se inauguró el imponente edificio del diario La Prensa en la Avenida de Mayo 575, una de las arterias más nuevas y elegantes de la ciudad, proyectado en estilo Beaux-Arts por los ingenieros Carlos Agote y Alberto Gainza y encargado por el propio fundador del diario, José Clemente Paz.

Hoy en día, ver una grúa trabajando en la ciudad, es muy común, y casi no sorprende a nadie, salvo a los más chicos. Pero en aquella época lo que más cautivó al público fue la operación para elevar y colocar en la cúspide una estatua que coronaría la torre

La figura, que hoy podemos observar sobre el edificio, es una alegoría de Palas Atenea —diosa de la sabiduría y símbolo de la libertad de prensa. 

La crónica de la época recuerda cómo más de 30.000 personas se congregaron en las calles y aceras, fascinadas tanto por la novedosa maniobra de ingeniería. La expectactiva fue tal que la policía tuvo que reforzar la vigilancia y el tránsito quedó interrumpido por más de dos horas mientras la multitud observaba cada detalle de la operación.

A las 13.15, la figura llegó a la parte alta de la torre y, al ponerse el sol, sus últimos rayos pudieron reflejarse en la gigantesca estatua, que ya estaba colocada sobre el ancho pedestal que tenía destinado.

La figura mide alrededor de 5 m de altura y pesa varias toneladas.

Hoy, ese edificio se ha convertido en la Casa de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires, un Monumento Histórico Nacional restaurado recientemente, donde se celebran exposiciones, conciertos y actividades culturales que mantienen viva la historia de nuestra ciudad.

DOS INVENTOS BIEN ARGENTINOS
 
A veces la curiosidad despierta el apetito.
Es por ello que traemos a continuación la historia de dos recetas bien porteñas: Los sandwich de Miga, y el famoso "Postre Vigilante".

    *El Sandwich de los Ingleses

Quizá ni en París, ni en Roma, ni en Nueva York, se jacten de haber creado un manjar tan simple y rico como los sandwiches de miga, un invento que algunos han tomado como propio.

La leyenda cuenta que en la mismísima Confitería Ideal, de la calle Suipacha al 300, se reunía a principios del 1900 un grupo de ingenieros ingleses.
Extrañando su tierra y para intentar acercarse a los sabores de sus pagos, le pidieron al panadero de la confitería que les preparara un pan parecido al que añoraban.
Su deseo se cumplió y del horno salió el "pan de los ingleses", base de los sándwiches de miga.

    *El Vigilante hambriento

Para algunos es algo demasiado sencillo...
Para otros... es un verdadero manjar

Se trata de dos trozos encimados, uno de dulce de membrillo o batata, más otro de queso portsalut o cremoso.
Los más clásicos lo llaman "Postre Vigilante", los simplistas "Queso y dulce", y los más rebuscados "Martín Fierro". Aunque los discriminadores del membrillo lo llaman "Fresco y Batata"

La leyenda cuenta que fue popularizado a partir de la década del 20, en un bar de Palermo en donde solían comer los "vigilantes" (policías).
Aunque otra, la más romántica de las leyendas, cuenta que las amas de casa ofrecían este postre al policía de la esquina, el cual comía de parado, mientras hacía su trabajo.



ANTES DEL SEMAFORO

A principios del siglo XX, y ante el constante crecimiento del parque automotor, aparecieron en Buenos Aires garitas policiales para el manejo de la circulación.

Estas torrecitas se ubicaban en el cruce de las avenidas, donde un policía uniformado con mangas blancas dirigía el tránsito durante las horas pico. No había garitas en todas las esquinas, pero se las encontraba en los cruces de avenidas o calles de doble circulación, con tránsito intenso.


Las garitas contaban con quitasol para el reparo del sol y contra las inclemencias del clima.
Solía escucharse el estridente sonido del pito, acompañado por enérgicos gestos con los brazos y las manos, con los cuales los policías procuraban brindar agilidad en el desplazamiento vehicular y seguridad al cruzar la calle.


Después de dirigir el tránsito durante una hora, el oficial bajaba de la garita y continuaba con sus tareas de control en el barrio.


Metejon de Barrio manteniendo la identidad porteña!



¿ COMO TE IMAGINAS BUENOS AIRES EN EL 2080 ?

Mucho antes de la aparición de las películas y series de ciencia ficción, escritores y dibujantes de fines del siglo XIX y principios del XX se atrevieron a soñar. Desde revistas y libros, imaginaron cómo luciría la capital argentina en un futuro para aquel entonces… lejano.

En 1879, un escritor francés llamado Achilles Sioen visitó Buenos Aires. Fue aquí donde se inspiró y escribió un libro de ciencia ficción de tan solo 120 páginas reflejando el futuro de la ciudad en el año 2080.

Su historia era bastante simple: trataba sobre un joven administrador de una mina de cobre que viaja desde la Patagonia a Buenos Aires en la línea Sudamericana de ferrocarril que une el Estrecho de Magallanes con Río de Janeiro.

Mientras avanza a 360 km/h describe lo que ve: los trenes son superlujosos (llevan a 5000 pasajeros y tienen bibliotecas, capilla, un teatro y tiendas), el país es cosmopolita (idiomas como el francés, el inglés, el ruso y el chino son tan usuales de oír en la calle como el castellano) y Buenos Aires cuenta con 2.800.000 habitantes (Argentina tiene 30.000.000). 
 
Además, en el 2080 el espiritismo es considerado una ciencias exactas y el ateísmo, una rareza. La Boca se convirtió en el centro financiero porteño, un gran “sol eléctrico” ilumina la ciudad durante la noche sostenido por una estatua de Prometeo, el Riachuelo fue ensanchado y profundizado y se encuentra flanqueado por un gran bosque. Por hilos grafotelefónicos subterráneos se recibe en las casas los sonidos de los teatros, Europa es un solo país y las guerras han terminado. Y, curiosamente, la soltería es considerada un vicio inmoral, el matrimonio es obligatorio a partir de los veinte años; los piropeadores son mandados a prisión por un Consejo de Ancianos; hay condenas de tres años de trabajos forzados para aquellos novios que no concretan el matrimonio luego de ocho días de iniciado el noviazgo y las mujeres no tienen iniciativa individual y son sumisas a sus maridos.

Sin embargo otros como el diario Crítica en 1927 fueron un tanto más realistas:
“En el año 2177, Buenos Aires será una ciudad fantástica de cientos de pisos de altura, repleta de hangares para las monstruosas naves del espacio. Proyectiles-vagones llevarán pasajeros de América a Europa en minutos. El transporte de energía, sonido e imagen se hará por conductos inalámbricos. Las ciudades no constituirán el refugio del hombre. Como los rápidos medios de locomoción suprimieron las distancias, los seres humanos elevarán sus viviendas en las montañas, en los desiertos canalizados y convertidos en jardines mediante la electricidad aplicada a la agricultura”.

Todos ellos fueron grandes idealistas.
Muchos lamentablemente no han tenido la posibilidad de conocer el caos actual en la agitada y por momentos insostenible Reina del Plata.

Metejon de Barrio le saca viruta al adoquín!


UN LOCO CON SUBMARINO (año 1810)

En 1810, un norteamericano llamado Samuel Williams Taber, llegó a Buenos Aires enterado de una Revolución que se estaba llevando a cabo.

El muchacho se presentó en el fuerte, donde expuso a los miembros de la Primera Junta los planos de un artefacto "submarino" que serviría para atacar a la flota realista en Montevideo.

Su invento era una especie de tortuga de madera con un taladro en la punta con el que Taber pensaba perforar el casco de los buques enemigos en el puerto de Montevideo, a efectos de colocar en esos agujeros... explosivos.

La Junta rápidamente designó un cuerpo especial para que estudiara los planes de Taber. Esta comisión estaba integrada por Cornelio Saavedra y Miguel de Azcuénaga, quienes mediante un informe secreto aprobaron la posibilidad de volar los polvorines flotantes de la armada española.
 
En menos de quince días comenzó la construcción del “proyecto Taber” submarino que estaría financiado enteramente por su inventor.

Pero al poco tiempo de iniciarse los trabajos, Taber cayó preso en Uruguay mientras intentaba espiar a los realistas, acusado de sobornar a soldados. Liberado, regresó a Buenos Aires un año después.

Finalizada la obra, la embarcación medía de 8 a 10 metros de largo, estaba pintada de negro y marcada con una letra “T” en blanco. Sus partes fueron colocadas en un gran cajón de madera de pino, también marcado con una letra “T”.

El 21 de octubre de 1811 Taber solicitó permiso para trasladarse a la Ensenada de Barragán con todo el equipamiento, a efectos de armarlo y probarlo en aguas del río. Esto era necesario, porque el bajo calado de las aguas del puerto de Buenos Aires, hacía imposible la navegación del artefacto. Además, hubiera llamado la atención de todos y no faltaría un soplón que informara a los realistas.

Sin embargo, Taber jamás llegó a Ensenada, porque antes que la pesada carreta iniciara su travesía, el 22 de septiembre de 1811, cayó la Junta Grande.

A los miembros del primer triunvirato les pareció arriesgada la idea del norteamericano y la descartaron. Jamás se supo adonde fue a parar el cajón con las partes del submarino.

Taber siguió durante 1812 con sus espionajes en Chile, y en 1813 murió cerca de Buenos Aires, víctima de tisis.

Los planos del submarino de madera desaparecieron, y la tortuga de Taber jamás pudo participar de la guerra de la independencia. Y aunque legó todos sus bienes a la Junta Revolucionaria, actualmente ninguna calle o plaza recuerda a este visionario precursor, que puso su vida y sus bienes al servicio de su país de adopción.

Metejon de Barrio una suricata curiosa!
 

 
JUEGOS OLIMPICOS PORTEÑOS

Como parte de los festejos del Centenario de la Revolución, en el año 1910 Argentina llevó adelante el espectáculo denominado “Juegos Olímpicos del Centenario”. La organización recayó sobre la Sociedad Sportiva Argentina, que no sólo reunía a lo más exclusivo de la sociedad porteña, sino que era la entidad deportiva más importante del país.

Los Juegos se extendieron durante una semana en 3 sedes: Belgrano Athletic Club, Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires y por supuesto, la Sociedad Sportiva, que tenía su estadio en donde actualmente se encuentra el Campo Argentino de Polo.

Este evento deportivo estuvo bastante lejos de ser un Juego Olímpico como los actuales. A él llegaron atletas de diferentes países (Brasil, Uruguay, Bélgica, España, Francia, Inglaterra, entre otros), que no conformaron delegaciones oficiales. Tampoco las competencias tuvieron reconocimiento de alguna federación, por lo que es practicamente imposible conseguir resultados.

Una de las máximas atracciones del evento, inaugurado oficialmente por Figueroa Alcorta, fue la presencia del corredor Dorando Pietri. Este atleta nacido en Italia y pastelero de profesión, pasó por Buenos Aires logrando un tiempo de 2 horas 38 minutos 49 segundos. Segundo terminó el español Antonio Creuz y tercero el argentino Aníbal Carraro.

El fútbol participó en la celebración, aunque no como parte de los Juegos. Se disputó días más tarde en la Sociedad Sportiva un triangular en el que participaron Chile, Uruguay y Argentina, siendo este último campeón invicto. Este torneo denominado “Copa Centenario Revolución de Mayo 1910” se toma como el antecedente de la actual Copa América, el certamen continental de selecciones más viejo del mundo.

La celebración generó muchísima controversia. La noticia de su realización llegó a oídos del baron Pierre de Coubertin, presidente del Comité Olímpico Internacional, quien se enojó por la utilización del nombre “Juegos Olímpicos” sin su autorización.

Sin embargo, en aquel entonces, a Argentina no le importaría demasiado...
Era una potencia.

En la foto: Doranto Pietri, una de las atracciones en los Juegos Olímpicos del Centenario.

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CONOCISTE A CHUENGA?


Aunque para algunos era casi un “semi-dios” lo llamaban “Chuenga”

Mítico personaje de Buenos Aires, vendedor de profesión desde los años 30, Chuenga aparecía en cualquier evento deportivo: carreras de bicicletas, maratones, picaditos, festejos patronales, carreras de embolsados, etc. 


Y los domingos, era fija encontrarlo en los estadios de fútbol. Muchos lo vieron en el Luna Park, en inauguración de la cancha de Vélez, en Parque Avellaneda, en Defensores de Belgrano casi como hincha, o siendo asiduo del Gasómetro de Avenida La Plata. Bastaba con gritar “Chuenga” y que el tipo apareciera.

Vendía caramelos que él mismo fabricaba. Era un caramelo blanco amorfo con algunas vetas de diferentes colores, pero duuuro como una piedra! A su invento le puso de nombre "chewing gum", lo que en inglés significa goma de mascar. Pero el nombre original se fue acriollando hasta convertirse en “chuenga”.


Y si uno deseaba comprar sus caramelos, para él daba lo mismo que le pagasen 10 o 50 centavos, la medida clásica era un puñado que sacaba de una gran bolsa.


De pelo naranja y pullovers o remeras llamativas, pregonaba su arte al grito de “chuengaaaaa, chuengaaaa”. Algunos decían que Chuenga había hecho fortuna, o que vivía en un palacio, o que andaba en los mejores autos, o que había vendido por millones su fórmula empalagosa a Estados Unidos…


Lo cierto es que se llamaba José Eduardo Pastor y no era “semi-dios” porque se nos fue en el 84’. Era de Floresta, un tipo sencillo con casa modesta que viajaba en colectivo, pero que supo alegrar y ganarse el corazón de varias generaciones de porteñitos.


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EL PRIMER CANIBAL ARGENTINO

Durante el año 1936, la comunidad de Cayastá en la provincia de Santa Fé se vio conmocionada tras la noticia de un caso de secuestro y violación seguida de muerte, sumado a una práctica de... canibalismo.


En el mes de mayo de ese año, la policía santafecina tomó conocimiento de la desaparición de un menor de sólo 11 años llamado Eusebio Lugones. La pista indicaba que el menor pudo haberse ido en una canoa con un desconocido de más o menos 40 años.


Días después, la policía encuentra una persona mayor armada con una escopeta. Su nombre era Aparicio Garay y presentaba rasgos de desequilibrio mental.


En la morada del sospechoso, la policía encontró restos de intestinos, los cuales aparentemente eran producto del carneado de un animal.

Sin embargo, luego de su detención, Aparicio confiesa "que las tripas encontradas el día anterior en el costado sur del rancho pertenecían al menor Lugones, a quien él mismo asesinó de un tiro cuando quiso escaparse en su canoa". Confiesa, también, haber tirado el cuerpo en pedazos chicos frente al rancho y, posteriormente, haber quemado su ropa. Allí se secuestra una hebilla y se observan señales evidentes de la quemazón.


Tras varias horas de búsqueda, se encuentra el cuerpo a 6 metros de la orilla. La parte correspondiente al cráneo del menor estaba serruchada en la parte frontal y en las mandíbulas. Tambien se incautaron huesos completamente desprovistos de carne y serruchados en su totalidad.


Garay sin desparpajo confesó que el chico estaba enfermo de los intestinos y que él lo curaba con yuyos. Finalmente, logro engordar al chico lo suficiente como para obtener 6 litros de grasa, los cuales conservó en una damajuana, y el resto lo utilizó para engrasar fierros, pero como no le resultó útil, lo guardó para venderlo como aceite.

Después de haber tirado los huesos al río, le dió un poco de carne a los perros, a los que les gustó la “carne cristiana” (sic), y lo demás lo colgó en ganchos. Un poco de los restos los fritó con grasa (también obtenida del cadáver del niño) y se señaló la parte de los muslos, agregando que, una vez que el paladar se acostumbró a ese sabor lo comió, pero que al principio no le gustaba. Refirió, inclusive, que el mismo día que mató al menor arrojó todo al río y a la noche durmió tranquilo.


El juez de la causa lo encontraría culpable, y ordenaría su reclusión en el "Hospicio de Las Mercedes" de la Ciudad de Buenos Aires, en un establecimiento adecuado para su enfermedad. El mismo juez indicaría " es un sujeto senil, con delirios sistematizados, cuya evolución no puede precisarse”.


Tiempo después, se supo que Garay cometió otro brutal asesinato dentro del nosocomio porteño. Según sus propias declaraciones, mató a un compañero porque este "no lo dejaba dormir". A cada momento se levantaba de la cama haciendo un “ruidito” que le molestaba, por eso lo había seguido hasta el baño donde armado de un rastrillo, lo agredió hasta darle muerte.


Nunca más se supo de la historia de este extraño personaje que mantuvo en vilo a toda una sociedad, aunque casos como este siguen dando escalofríos, casi 70 años despúes.


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LAS PRIMERAS TINTORERIAS NO ERAN JAPONESAS

Viajando en colectivo por Buenos Aires surgen varios disparadores para poder investigar sobre nuestra ciudad. Y uno de los últimos interrogantes fueron las tintorerías.
Todos tenemos la idea de la típica tintorería atendida por una familia japonesa... pero la pre-historia de estos negocios no dice lo mismo.

En la foto, podemos observar la primera tintorería de Buenos Aires. La misma estaba ubicada en Av. del Libertador al 200 (foto de 1870).



Las Tintorerías Prat, habían sido fundadas por Adrián Prat, un industrial destacado a comienzos de siglo XX. Había comenzado en 1863 con un capital de 10 pesos, sin embargo, su descubrimiento, una pócima limpiadora, lo hizo conocido en esos tiempos.

La "Loción Prat", que él mismo comenzó a vender en las calles luego de llenar frascos personalmente, era una mezcla de hiél de buey y agua de río que dejaba mal olor una vez evaporada.

En 1882 este vendedor de "hiél y agua" recibió una de las medallas de oro en la primera Exposición Continental llevada a cabo en la Plaza Once.

También Prat fue uno de los primeros en fabricar paños de tela. Así es como en su negocio se lavaba y limpiaba la lana, se cardaba e hilaba para darle luego un terminado. Para ello trajo operarios expertos y nueva maquinaria de Europa. Su fábrica fue uno de los primeros ejemplos del "fabrique nacional".
En una visita de mandatarios gubernamentales, mientras visitaban la empresa, grande fue el asombro, al ver que en dichas instalaciones se confeccionaban las telas para vestir a los ejércitos Argentinos.

En el álbum de la Unión Industrial Argentina de 1923 se menciona que la Tintorería Adrián Prat contaba con 25 sucursales en la Capital Federal y el interior. 
 
PREMIADO POR TRAFICANTE

En el año 2000, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires puso punto final al dilema de la calle Antonio Machado del barrio porteño de Caballito. 

Actualmente, esta calle recuerda al célebre poeta español autor de “Cantares”, pero originariamente, esta arteria cercana al Parque del Centenario recordaba a un capitán portugués llamado Antonio Machado Carvalho, eufemísticamente llamado “comerciante”, pero cuya verdadera ocupación era el tráfico de esclavos.


Este personaje, arribó a la ciudad en la fragata portuguesa "Rosa del Río", dedicada al tráfico de seres humanos. Cuenta la historia que en épocas de epidemia de viruela, Machado Carvalho trajo a dos esclavos portando la vacuna en su sangre, estableciendo así una cadena viviente por el pasaje de brazo en brazo para que el virus sobreviviera y pudiera transportarse durante el largo viaje.
La real finalidad del comerciante era cuidar la salud de los 30 esclavos que pensaba vender y así obtener mejor precio… no la de traer una cura a la epidemia.

De esta manera Machado Carvalho se adelantó a la expedición del médico Francisco Balmis enviado por el rey Carlos IV para realizar primera campaña de vacunación en el mundo.
Por ese gran aporte a la población, el “traficante” recibió una medalla por parte de la Municipalidad de Buenos Aires.

Metejon de Barrio como siempre, una suricata curiosa!

En la foto, (y para graficar como le habrían quedado los brazos a esos esclavos), "fases de los granos de la vacuna de la viruela", por el dr. Francisco Balmis - 1803.

LUGARES QUE YA NO EXISTEN

- El Pabellón de las Rosas

Este salón se encontraba en el 2855 de la avenida Alvear (hoy Av. Del Libertador), esquina Tagle y comenzó a funcionar a comienzos del siglo XX.

Era un gran edificio señorial, simétrico, con ventanales al frente, que en cierta medida recordaba a los pabellones de las exposiciones mundiales europeas. Se ingresaba a él trasponiendo una rotonda entre hermosos jardines que seguían el criterio paisajista de la época. Además un restaurante y el salón de baile, tenía pista de patinaje; ocasionalmente también se dieron funciones de teatro. En torno al Centenario llegó a tener una banda de música propia dirigida por Gaetano D’Alo.
 
En el Pabellón se ofrecieron los más recordados “bailes del internado” que dieron los estudiantes de medicina una vez al año, y para los que actuaron grandes típicas —Canaro, Berto, Castriota, Brignolo, Firpo— incluyendo una orquesta gigante de Fresedo, en 1919, de treinta profesores y con dos pianos: Cobián y Delfino.

La última actividad bailable del Pabellón de las Rosas fue durante 1929, en Carnaval. Al llegar Cuaresma fue cerrado, y para Pascua se lo demolió.

Hoy, lo único que recuerda el lugar, es un vals de José Felipetti que evoca ese histórico salón.


- El Pabellón de los Lagos

Era un restaurant y bar que estaba ubicado a un lado del Rosedal de Palermo. Era una construcción de hierro y vidrios, armada con un remanente de lo que había sido la Exposición Industrial del Centenario. Tenía forma de herradura, eso permitía que las salas cubiertas abrazaran una terraza al aire libre donde se colocaban las mesas para gozar del sol. Ese espacio era lugar de reunión de familias conocidas y también era elegido como sede de importantes eventos y banquetes diplomáticos. La confitería funcionó hasta 1928, mientras que el Pabellón fue demolido en 1929 y en su lugar, se levantó el actual patio andaluz.


 
CUANDO EL GAS SALIA MONEDITAS 

El barrio Cafferata se encuentra en Parque Chacabuco pero algunos llegan a apodarlo "el barrio de Casas Baratas", ya que era un proyecto de casas para obreros.

Este barrio comenzó a construirse en 1923, en un predio que había sido parte de un horno de ladrillos. Eran todas casas iguales que con el tiempo se fueron modificando: todas tenían rejas, y sus veredas eran muy angostas.

Por las inundaciones, y porque muchas casas no contaban con desagües, el agua acumulada convertía la zona en un lodazal. Es por ello que las construcciones se realizaron en terrenos elevados, con tres escalones de mármol en la entrada. Todavía algunas casas conservan compuertas destinadas a evitar que el jardín se inundara.

De las casas no se hicieron planos, solo un croquis que se iba reproduciendo. Son un total de 158 viviendas.

Estos hogares contaban con cocinas económicas marca "Istilart" y lugares para guardar leña. La Compañía Primitiva de Gas, decidió enviar medidores y calentadores con dos hornallas. Estos medidores se colocaban en la cocina, y para el uso del artefacto había que depositar en él monedas de 0,20ctvs para poder usar el gas.
Luego mensualmente pasaba el cobrador, quien retiraba el dinero acumulado, que tenía que coincidir con lo que indicaba el medidor.

Más tarde llegó el pavimento (que hasta ese entonces era de tierra y portland) y fue pagado por los vecinos en cuotas mensuales.

Para algún curioso que quiera visitarlo, el barrio se encuentra delimitado por las avenidas Jose María Moreno y Asamblea, y las calles Riglos y Estrada.
 

 
PORTEÑOS BOMBARDEADOS... 
CON HARINA

En 1942 y con el auge de la segunda Guerra Mundial, se realizó en Buenos Aires el primer ejercicio nocturno de defensa antiaérea.

Los diarios y radios de época instruyeron a la población de manera detallada las precauciones a tomar, muchas de ellas destinadas a favorecer la máxima oscuridad en la ciudad. Aquella noche además, fue elegida por ser una noche sin luna.

La real finalidad de no tener luz, sería la utilización de reflectores iluminando el cielo buscando aviones "agresores".

La población debía cubrir sus luces hogareñas, o reemplazarlas por lámparas rojas; No se debían encender fósforos o encendedores para fumar; También se pintaron los faros de los automóviles de color negro y los paragolpes de blanco; En los edificios públicos, se señalaron las escaleras con pintura blanca para evitar accidentes.

Los aviones atacantes despegaron desde la base de Punta Indio y bombardearon durante toda la noche, casillas de madera construidas en el puerto para dicha finalidad. Se trató de un importante simulacro en donde actuaron todos los servicios de seguridad y auxilio.

Y se afirma además que en otros puntos estratégicos de la ciudad, el bombardeo se realizó con pequeñas bolsas de harina.

En la foto, una de las medidas a tomar por la población porteña... tapar los faros de los vehículos.

Fuente: Dr. Carlos Araujo - "El Buenos Aires que se fue"


 

LOS "CAPONE" PORTEÑOS

El diario Caras y Caretas publica en noviembre de 1904 una noticia policial, que hoy en día nos haría rememorar a Capone, Don Corleone o cualquier otro maleante involucrado en la venta de bebidas espirituosas por izquierda...

La nota a continuación, así lo indica:


"Los inspectores de alcoholes descubren una destilería clandestina de alcohol en Barracas al sur, precisamente en Belgrano 408. Allí había una instalación completa para revivir 3.000 litros de alcohol por día en pleno funcionamiento.
Adán Gattini había instalado la caldera regeneradora y Francisco D'Abauccio era el peón. Gattini había sido sumariado por quinta vez como falsificador".

La nota no indica cual fue el destino del producto, pero la foto nos muestra la gran organización de la banda para estos fines ilícitos.

Siguiendo con lo extrictamente espirituoso, en la Argentina el licor de ajenjo fue prohibido en 1907. El primer diputado socialista argentino, Alfredo Palacios, presentó un proyecto de ley para restringirlo, al entender que representaba una amenaza para las masas trabajadoras.
El alto consumo en tanguerías, cabarets y tugurios porteños había producido un fenómeno bastante extendido de personas con síntomas psicóticos.

Hoy en nuestro país hay quienes compran importado un licor llamado "absenta". Se trata de una bebida elaborada sobre la base de ajenjo (una de las hierbas más amargas que se conocen, con un gran poder antiséptico, que se utilizaba como conservante).
Para contrarrestar su áspero sabor se mezcla con hierbas como angélica, coriandro, anís y mucho azúcar. Su porcentaje de alcohol varía entre los 55° y los casi 90° para mantener sus propiedades. No obstante, a su compuesto se le atribuyó causar cuadros epilépticos y alucinaciones crónicas entre ajenjistas poco moderados.

Su consumo o tenencia no está penada por la ley aunque su elevado costo ($250 la botella) y su aspecto casi radiactivo, la convierten en una bebida casi de elite.




"HURACAN" NO TENIA PLATA NI PARA UNA "H"

Existen varias controversias en torno del nombre del club Huracán.

La historia más difundida cuenta que los miembros fundadores fueron hasta una librería ubicada en Av. Sáenz y Esquiú, con la intención de comprar un sello de goma con el nombre del club.
Ellos pensaban en nombres tales como "Defensores de Nueva Pompeya", "Nueva Esperanza", "Verde Esperanza" e incluso un extraño nombre: "Verde Esperanza y No Pierde".



Cuando llegaron al comercio, el librero les hizo cambiar de opinión, ya que un sello de tales características con ese dinero ($2.50) no alcanzaba. Mientras tanto, en el local colgaba un afiche de un producto de venta masiva llamado "Huracán". Fue así como el librero de apellido Richino, les aconsejó ponerles un nombre similar.

Una semana más tarde, muy contentos regresaron a retirar el sello, y como no resistieron las ganas de utilizarlo, decidieron estamparlo en la pared de una casa recubierta de mármol blanco. La sorpresa se la llevaron cuando leyeron "Club Uracán" o sea, sin la letra "H".

La falta de la letra H, podría deberse a que el librero era de origen italiano, o simplemente porque tuvo un olvido.

Los muchachos aceptaron el sello pero tiempo después cuando les donaron los arcos con la inscripción "Huracán" se sintieron engañados y fueron a encarar al librero.

El comerciante argumentó que había pasado mucho tiempo y que prefería regalarles un sello nuevo que devolverles el dinero, porque en definitiva con H o sin H, "Huracán siempre quería decir lo mismo".

Así que regresaron a sus casas, con un sello fallado, quizás pensando en dejar otra marca, esta vez en la historia del fútbol Argentino.



LOS JUEGOS DE PERON

En la historia del deporte, las grandes potencias tuvieron sus juegos Olímpicos, aunque Argentina sólo fue participe de ellos. No obstante, en los 50's y muy atento a la geopolítica, el entonces presidente Juan Domingo Perón no quiso ser menos... y organizó los primeros del continente.

En 1951 se inauguraron los primeros juegos "Panamericanos" con sede en Buenos Aires, del cual participaron unos 2523 atletas de 22 países.

El acto se llevó a cabo en el Estadio Presidente Perón (del Racing Club) con la presencia del jefe de estado y su esposa Eva Duarte.

Se compitió por fútbol en los estadios de Racing, Huracan e Independiente, mientras que el Estadio de River se realizó la ceremonia de clausura y las pruebas de atletismo.
Las piscinas del Club Universitario Buenos Aires fueron sedes de la natación, los saltos ornamentales y el waterpolo.
El Estadio Luna Park fue sede del boxeo y el baloncesto; el velódromo municipal acogió la competición de ciclismo y la pista nacional de Tigre la de remo. Además exitieron otros escenarios deportivos en distintos clubes.

Uno de los momentos más emblemáticos de todos los juegos fue la maratón ganada por Delfo Cabrera, que se corrió por la Avenida General Paz entre Puente La Noria y Avenida del Libertador.

También serían las primeras competencias deportivas en arrojar fuegos artificiales como símbolo de festejo inaugural.






CUANDO TODO SE HACÍA EN HIERRO

El arquitecto suizo Lorenzo Siegerist realizó importantes construcciones en Buenos Aires, contruyendo imponentes mansiones a destacados miembros de la comunidad germana y varias casas de renta.
También realizó grandes locales comerciales. Uno de esos ejemplos data de 1894 y aún se mantiene en pie en el barrio de San Telmo.

En el edificio de la foto funcionó un local de exposición y ventas de maquinaria agrícola, propiedad de la familia Nocetti.


La "ex Ferretería Hirsch" como se la conoce, está construída casi íntegramente en hierro, por piezas prefabricadas, y montadas en obra, fabricadas en los talleres del francés Gustav Eiffel, el autor de la Torre parisina.

El local contaba con sótano, planta baja y dos galerías superpuestas, en donde eran exhibidos los artículos que fabricaba Nocetti, conocidos por su marca "El forjador". Como se puede apreciar, arriba remata la imagen del personaje martillando el hierro que le da carácter al establecimiento.

Aquí se comercializaban entre muchos otros productos, molinos de viento, cocinas económicas, una prensa hidráulica para fardos de lana y hasta un bañadero para ovejas.

Hoy en el lugar funciona un boliche bailable, pero su estructura permanece intacta, quizás por miedo a ese forjador con martillo en mano...
Dirección: Peru 535

Foto: 1en1ba



EL ARTE DE CABECEAR UNA MINA EN LA MILONGA

El cabeceo en el baile del tango es toda una institución. Un monumento tanguero, antiguo como una reliquia que no reconoce su nacimiento, pero sigue vigente y útil en la actualidad.

En las primeras décadas del Siglo XX, todo problema en las milongas se resolvía con cuchillo: un pisotón o un empujón podía desencadenar una muerte.

Cuando el tango sólo se bailaba en los burdeles tampoco existía la tanda. Quien quisiera bailar con una mujer que danzaba con otro, debía esperar o ir a pedirla, pero eran épocas de “guapos” y esto significaba una provocación que podía conducir a un duelo.


Lo normal era que el que estaba bailando cediera la dama. Si lo hacía de manera sumisa, era símbolo de cobardía y ella nunca volvería a bailar con él; si sostenía la mirada del otro con altivez significaba que estaba ofendido y reclamaba un duelo. No era necesario hablar, ambos se encontrarían al salir de la milonga y entonces hablarían los cuchillos.


Algunos dicen que el cabeceo es antiguo, porque afirma más los derechos "machos" del hombre, ya que es el único que podría hacer esa bendita señal de invitación. El único que puede “cabecear” a una mujer desde lejos. Ella debía limitarse a esperar que la inviten.

Sin embargo existen códigos milongueros que son clásicos (algunos siguen usándose)

- Habitualmente se baila toda una tanda con la misma persona.

- Entre tema y tema hay una pausa que se usa para charlar con su compañero. Sirve para escuchar la música que sigue y prepararse para ejecutarla.

- La mujer debe esperar que el hombre la abrace primero. Esa costumbre también viene de la misma época del cabeceo porque era el único momento (aparte del momento en que las chicas iban al baño) en que la mujer estaba sola, sin su madre o la persona que la cuidaba mandada por el padre que generalmente era el hermano menor, o algún tío o primo. Antes, se usaba ese corto tiempo entre tango y tango para el levante, para arreglar citas afuera de la milonga.

- Cuando se está bailando y se dice "gracias" quiere decir que esta persona ya no quiere seguir bailando, en caso contrario se debe agradecer apenas en el final de la tanda. Al terminar la tanda existe la costumbre de que el caballero acompañe a la dama hasta su mesa.

- Una mujer puede, en principio, rechazar las invitaciones que no le interesan con el sólo método de mirar “barriendo” la zona, sin detenerse en la cara del que la invitó, pero también puede señalar con la mirada al varón que le gusta para bailar. Hoy en algunos lugares se propone un tiempo para que las mujeres inviten activamente a bailar.

- La mujer milonguera suele ir sola a la milonga y comparte mesa con otras milongueras o amigas. Si una mujer va acompañada, nadie la sacará a bailar esa noche, excepto que su compañero de mesa ya esté bailando con otra persona. Generalmente no sacarán a una mujer que se encuentre en compañía por un hombre en la mesa.

Lo cierto es que la costumbre del “cabeceo” es bien porteña: surgió para evitar una negativa explícita de parte de la dama. Muchas mujeres disimulan que no vieron, cuando no les gusta el “contrincante”.