EL VELOCIPEDO DEL TERROR

La primera bicicleta que llegó al país fue traída en el año 1885 por don Benito Sassenus, aunque se empezó a popularizar por Antonio Ravizza un relojero que se pasaba el día encerrado en su taller, y de noche acostumbraba a salir a dar unas vueltas por las calles utilizando un "velocípedo" (así se denominaba a la bicicleta) que se componía de dos ruedas, una grande adelante y otra chica atrás.


La bicicleta tenía un gran farol que iluminaba con un mechero a kerosén, lo que hacia que no tuviera quieta la luminaria al pasar por las calles. Los vecinos al ver que se aproximaba un bulto con luz sin producir ruidos creían que se trataba de un alma en pena, cerraban las puertas y las ventanas; algunas personas hasta incluso corrían asustadas.


Con el correr del tiempo se fue conociendo que aquel objeto era el relojero con su bicicleta y así se empezó a popularizar el uso de la bicicleta.


EL "COCOLICHE"

Antonio Cuccoliccio fue uno de los tres millones de inmigrantes italianos que desembarcaron en el puerto de Buenos Aires entre fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX en busca de una vida mejor.

Al poco tiempo, Cuccoliccio consiguió un empleo como peón en el circo de los hermanos uruguayos José y Jerónimo Podestá, en el cual se dedicaba a la limpieza, cuidado de los animales y servicios menores. Su forma de hablar, en la que se mezclaban palabras del italiano y del castellano, no llamaba la atención. En el Buenos Aires de entonces, era común oír a los tanos (de napolitano, se aplicaba a todos los inmigrantes italianos) que intentaban comunicarse con las mismas dificultades que Cuccoliccio.

Un día, el cómico Celestino Petray se presentó en escena en la fiesta campestre de Juan Moreira, y el actor Gerónimo Podestá le preguntó:

- “Adiós amigo Cocoliche, de donde sale tan empilchao (bien vestido)?”

A lo que Petray respondió: - “Venguedede la Petagoña co este parejiere macanuto, amique!” (Vengo desde la Patagonia con este -caballo- parejero macanudo, amigos!)

Así, había nacido algo que Podestá no previó. Cuccoliccio, con su jerga de idiomas mezclados, no habría podido siquiera soñar: una palabra del idioma español que figura en el Diccionario de la Real Academia desde su edición de 1927,

COCOLICHE, definida como la 'jerga híbrida que hablan ciertos inmigrantes italianos, mezclando su habla con el español'.

FRASES POPULARES: “TE DESEO MUCHA MIERDA” 

En realidad el término viene de hace muchos años, de cuando no existían automóviles a gasolina o gasoil y la gente iba a los teatros en carruajes tirados por caballos.

Cuando una obra que se representaba tenía mucho éxito iba mucha gente a verla, muchos de ellos en esos coches arrastrados por los mencionados caballos, que tienen la costumbre de hacer sus necesidades allí donde les viene en gana. Así, una obra con éxito convertía la calle del teatro en un lugar lleno de excrementos de caballo.

Si había muchos excrementos es que la obra tenía mucho éxito. Desear ‘mucha mierda’ a un compañero de profesión era decirle que ojalá mucha gente fuera a verlo.

LUGARES CON HISTORIA:  EL CLUB G.O.N. 

El nombre de este histórico club de Boedo corresponde a la unión de tres instituciones o clubes distintos: el Circulo Social Don Juan de GARAY nacido en 1925, el Club Social y Deportivo ODEON de 1930 y el más joven, NEPTUNIA Athletic Club fundado en 1934.

En los años 30 y 40 cada uno de estos clubes organizaba bailes amenizados con orquestas típicas del momento, y fiestas de carnaval. 
Pero en la década del 60 comenzó una gran decaída económica y así fue como estas instituciones, que contaban con actividades y trayectorias afines, tuvieron que fusionarse. 

El más importante de estos 3 clubes que generaron el actual club G.O.N. fue el Neptunia.
La vida social de este contaba con destacados eventos en los aniversarios y bailes de Carnaval, en los que se recuerda la presencia de grandes orquestas y cantantes como: Carlos Di Sarli con Roberto Rufino, Juan D’Arienzo, Aníbal Troilo con Francisco Fiorentino, Oscar Alemán, Francisco Canaro con Roberto Famá, Ricardo Tanturi con Alberto Castillo...

Pero el Neptunia brillaba con el sol: el básquet llego a afiliarse a la Federación Argentina y participaba en su torneo; y un cúmulo de asociados se destacaban en tenis, bochas, pesas, gimnasia en aparatos, etc. 

En años en que la personería jurídica la firmaba el presidente de la República, el Neptunia había logrado refrendarla. ¿Quién puso la firma?: Juan Domingo Perón. Lo cierto es que la ampliación de ese documento permitió contar con personería al reciente GON.

Para homenajear a esta institución con historia y mantener viva la memoria de sus socios, les dejamos una invitación de antaño a una de esas fiestas. La verdad, con lo que nos ofrecen, daría gusto poder acudir:

“La Comisión de Fiestas de este Club, tiene el agrado de invitar a Vd. y familia a la Fiesta Campestre que se realizará el Domingo 9 de Febrero próximo” … “parrillada desde muy temprano y a las 12 ½ (sic) gran asado con ensalada, minestrún a la genovesa, quesos, frutas, vino, cerveza y Bilz a discreción”...“Menú obligatoriamente abundante para los recientes participantes de las carreras de enhebrar la aguja, del huevo en la cuchara, de embolsados, de tres pies, para atrás y haciendo el moñito. Y las famosas cinchadas de solteros contra casados o de flacos contra gordos.”

Fragmento de invitación de la Sociedad de Fomento Don Juan de Garay, febrero de 1930.


¿QUÉ COMÍAN LOS ESCLAVOS?

Es evidente que los africanos trajeron formas de cocinar y gustos gastronómicos desde sus regiones de origen. Esto se expresa no en la predilección por ciertas comidas tales como el mondongo, como creyeron algunos historiadores (no lo elegían, muchas veces era lo único que tenían para comer), sino en la presencia de vasijas de cerámica con formas que no son europeas ni indígenas. Se han hallado ollas de cerámica hechas manualmente, sin torno, simplemente modeladas y de tamaños reducidos (menos de 15 cm de alto) que permitían mantenerlas en el fuego en forma constante y desde las cuales se comía directamente con las manos. 

Qué se comía en Buenos Aires es difícil de saber, pero los pocos datos encontrados tienden a suponer una especie de locro, con gran cantidad de maíz o arroz -hervido hasta hacerse pasta- y fragmentos de cualquier otra cosa que hubiera accesible. Esto se comía sin horarios ni ceremonia alguna, imposibles de mantener siendo esclavos.

Otra forma era la comida preparada por el patrón cuando se trataba de grandes grupos de esclavos urbanos: para ellos era común usar el tasajo. Se trataba de tiras de carne vacuna secadas al sol hasta que perdían totalmente la grasa y consistencia, volviéndose negras y duras. El tasajo tiene la consistencia del cuero y el olor es nauseabundo, pero posee la virtud de que no se pudre. Simplemente se hacían atados de ellas y podían ser hervidas –muchas horas lógicamente- hasta que largaban un poco de grasa y luego eran mascadas.

Hubo dos comidas siempre atribuidas a los esclavos: el famoso mondongo, y la morcilla: ambas sobras de matadero. 
El célebre relato “El matadero” de Esteban Echeverria nos muestra con desagrado cómo se manufacturaban éstas morcillas aprovechando lo que se descartaba: imaginemos lo que era la sangre del animal que chorreada en el piso -de tierra, obviamente-, mezclada con grasa y cartílagos cortados, pasta que debía introducirse en los intestinos (chinchulines) en un proceso totalmente manual. 
La realidad era que las achuras se tiraban a los perros por un simple problema de salubridad. Estas achuras se regalaban en los mercados de la ciudad hacia la
década de 1900 y se daban "en balde". La negra que fabricaba la morcilla con
intestino y sangre coagulada no lo hacía por placer ni por morbosidad
congénita, sino porque era la única comida posible para una gran parte de los
habitantes de la ciudad. 

La bebida favorita era siempre la chicha. Era la bebida comunitaria que se preparaba antes de los bailes en grandes tinajas con la colaboración de toda la comunidad. Tenía otra enorme virtud sobre el vino y la ginebra usados en la época: el costo era casi inexistente, ya que se trataba de simple maíz fermentado. 

Fuente: Buenos Aires Negra - Daniel Schavelzon 

"SACARSE UN OJO" CON UNA REJA VOLADA

Allá por el 1800, una cosa que afeaba mucho el exterior de las casas, eran las inmensas rejas voladas en las ventanas a la calle. Algunas sobresalían bastante, lo que agregado a la extrema estrechez de las veredas, ponían en constante peligro al transeúnte, especialmente en las noches oscuras.


A propósito de estas rejas, un periódico de aquellos tiempos, decía:

“Un artesano honrado que tiene estropeado el brazo derecho por una de las innumerables rejas de ventana que usurpan el paso en nuestras veredas; y una señorita bonita, que acaba de perder un ojo por la misma causa, van a presentarse, dicen, a la Honorable Junta para que, a más de obligar a sus dueños a pagar una multa fuerte por cada desgracia que originen, se imponga a cada una de estas ventanas una contribución anual, mientras subsistan en el estado presente”.

Por otra parte, por feas que ellas fuesen, aquellas rejas sirvieron por ejemplo para poder dormir, como era muy común en aquellos años, con las ventanas abiertas en tiempo de verano.


Igualmente los amantes del aire fresco no podían librarse de la astucia de los cacos. En aquel tiempo no había serenos ni vigilantes apostados en las esquinas, y aunque los robos eran menos comunes que en la actualidad, no dejaba de haber algunos.


Uno de los medios de efectuarlo era el siguiente: Con una caña que tuviera un gancho o anzuelo en un extremo, los ladronzuelos la introducían por la reja, y con la mayor destreza, sustraían las ropas o pertenencias sin ser sentidos.


Muchos porteños se han despertado viendo salir su reloj con cadena o su pantalón, balanceandose en la punta de una caña.


Fuente: Eduardo Wilde - Buenos Aires desde 70 años atras


"PELUQUEROS TOQUETONES" DEL 1800


A continuación, y con la ayuda de José Wilde, reflejamos la imagen de una barbería allá por el 1800:

"Constaba de lo que llaman un cuarto redondo; es decir, de una sola pieza a la calle. Las de más lujo ostentaban, tal vez, una puerta con vidriera. 
En esta puerta, con o sin vidrios, flameaba por regla general, una cortina de color, con grandes flores. Las paredes, estaban generalmente blanqueadas, casi siempre muy sucias y jamás empapeladas." 

"Un sillón de baqueta, una fuente, toallas (no muy limpias), peines ídem, completaban los objetos del peluquero; tal vez un poco de aceite de limón. 
En un rincón una escoba, no olvidando el tradicional brasero que, cerca de la puerta, o en otro rincón, sobre unos cuantos pedazos de carbón, mantenía la pava de agua caliente para la barba, y por supuesto para el indispensable mate."

"El barbero era un tipo especial; casi todos eran pardos o negros. Charladores incansables, entretenían al parroquiano con sus cuentos y chistes, y sabían la vida y milagros de todo el mundo. Por añadidura, todos eran guitarreros."

"En esos tiempos todavía no se usaba el cepillo o pincel de barba para jabonar la cara. El maestro movía con los dedos el jabón y el agua en la fuente hasta hacer espuma, y luego con la mano la frotaba en la cara de su cliente. 
En aquellos tiempos, como se ve, se manoseaba mucho más el rostro del pobre candidato; metían los dedos entre los labios, y en la época en que no se usaba bigote, se prendía el barbero sin compasión de la nariz, elevándola cuanto podía e imprimiéndole movimientos laterales para afeitar el labio superior."

José Wilde - Buenos Aires desde 70 años atrás. 



ANTIGUAS PLAGAS PORTEÑAS

Desde la fundación de Buenos Aires la guerra contra las hormigas fue una guerra santa.
Los primeros colonizadores buscaron ayuda en los santos patronos para la lucha contra estos insectos y las ratas. Los elegidos entonces fueron San Bonifacio y San Sabino.
Sin embargo, las plagas siguieron molestando. Algunos pobladores apoyaban los poderes de San Bonifacio, otros los de San Sabino, y hasta algunos nombraron a San Saturnino.

Cansados de pelear, se optó por sortear al santo protector de plagas. Fue así como en un sombrero colocaron los nombres de ¡15 candidatos!.
Un joven metió la mano y así salieron los dos nuevos patrones: San Judas y San Simón.
Comenzaron a realizarles ofrendas a estos pobres santos… pero no pasó nada..., y las hormigas y ratas seguían apareciendo.

Por otra parte, uno de los oficios de los negros para poder obtener su libertad era el de “hormigueros” o sacadores de hormigas. 
El cuadro de situación era el siguiente: llegaba el hormiguero y analizaba el terreno. Luego daba una clase a su cliente sobre el caminito de las hormigas en un pobre castellano.
Si el caso ameritaba, dos o más sacadores de hormigas discutían en presencia del dueño de casa acerca de la estrategia de cómo combatir ese ejército invasor, que aprovechando la situación, continuaban trabajando.

Fuente: Hist. Daniel Balmaceda

GOL OLIMPICO !!

El Club Sportivo Barracas fue fundado el 30 de octubre de 1913 en la sede de Iriarte 2056, en el barrio porteño de Barracas. Si bien fue un club que tuvo sus orígenes relacionados al remo, el fútbol, que crecía en popularidad, comenzó a hacerse fuerte como disciplina.

En su época de esplendor, el estadio de Sportivo Barracas era uno de los de mayor capacidad. Fue así como el 28 de septiembre de 1924 estaba programado un amistoso en ese estadio entre las selecciones de Argentina y Uruguay, el flamante campeón de los Juegos Olímpicos de Paris. Sin embargo, el público que asistió superó la capacidad del escenario, por lo que el partido debió reprogramarse.

Finalmente, el encuentro se disputó el 2 de octubre, día en que se inauguró el cerco perimetral, al que desde allí se denominó “alambrado olímpico”, en alusión al equipo uruguayo ganador de la medalla.

Pero lo más significativo de aquella jornada fue el primer tanto del equipo argentino... 

Ese día, Cesareo Onzari, puntero izquierdo de Huracán, convirtió el primer gol desde un tiro de esquina. 
Valiéndose del cambio que la International Board había realizado en el reglamento, (que daba categoría de tiro libre directo al remate desde el córner), el jugador argentino convirtió lo que desde allí se denominó “gol olímpico”, en homenaje al rival, y al cerco perimetral recien inaugurado en donde se apoyó antes de patear. 



¿Y AHORA?...
¿QUIEN CARGA CON ESTE MUERTO?

En Buenos Aires a principios del 1800, no había vigilantes apostados en las boca-calles, y el servicio de policía en la noche se hacía por medio de patrullas encabezadas por un alcalde, un teniente alcalde o algún vecino. Todos los hombres estaban obligados a hacer la patrulla cuando llegaba su turno o poner un suplente que costaba, generalmente, de 20 a 30 centavos.

La patrulla tocaba las puertas de las casas y ante la pregunta «¿quién vive?» se contestaba -«la patria»- (si uno era un ciudadano común) y seguido de ello la patrulla exortaba «¿qué gente?» y uno contestaba paisano, militar o lo que fuese.
La función secundaria de esta patrulla era juntar a los ebrios y llevarlos ante el Cabildo.

En la ciudad, por lo general no existían crímenes premeditados, tampoco suicidios. Pero los porteños teníamos una mancha negra: el uso del cuchillo. Las peleas callejeras eran casi diarias, y las heridas generalmente eran de muerte.

También era costumbre poner en exhibición bajo los portales del Cabildo, el cadáver de alguien muerto en las calles, con el objeto de que fuese reconocido y reclamado por sus deudos. No era raro ver al lado del cadáver un platito destinado a recolectar limosna para ayudar a sepultarlo, o para velas o una misa. 


LOS PRIMEROS CAMIONES ATMOSFERICOS

El hombre primitivo hacía sus necesidades al aire libre y en cualquier lugar. Lo hacía naturalmente, en cuclillas.

Este hombre enseguida comprobó que la corriente de ríos y arroyos podía arrastrar y hasta diluir sus propios excrementos, con lo que convirtió a esos cursos de agua en su “lugar de necesidad”.
Cuando se hizo sedentario, el baño higiénico y refrescante comenzó a ser más frecuente. Entonces debió preservar el lugar donde bebía y se zambullía para evitar la contaminación.

Llegó un momento en que las comunidades levantaron caseríos y villas, y luego pueblos y ciudades. Fue cuando apareció la calle indecorosa donde todos concurrían a agacharse (o sea, en la calle). Después apareció una letrina muy rudimentaria: un pozo que podía alcanzar los dos metros de profundidad, con una piedra horadada encima. Con el tiempo le fue agregada una precaria casilla de madera para mantener la privacidad de esas actividades y proteger a sus protagonistas de las inclemencias del tiempo.


Los pozos cavados “hasta el agua” (hasta las napas) propiciaban que la naturaleza hiciera lo suyo. Cuando uno de ellos llegaba a su punto de saturación, era cegado para abrirse otro en un lugar cercano.


En determinado momento se mandó revocarlos interiormente con cemento hidrófugo, con el propósito de evitar filtraciones que contaminaran los pozos de agua potable. Buenos Aires reglamentó esta medida durante la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871. Entonces no hubo más remedio que vaciarlos periódicamente, primero mediante un sistema precario que se valía de cubos y toneles, el nauseabundo “sistema de baldeo”; y luego por el “sistema atmosférico” que introdujo las bombas de aspiración. Ambos vertían todo en bañados, riachos y vaciaderos.


La primera empresa de carros atmosféricos legalmente constituida que operó en Buenos Aires fue la de Crudo, Zambelli y Cía., que en 1870 realizaba la tarea con una escasa flota de vehículos de tracción equina. Comenzó a trabajar a buen ritmo atendiendo los pedidos de particulares y organismos oficiales. En febrero de aquel año, por ejemplo, fue convocada para que limpiara, “valiéndose del atmosférico, las letrinas del Hospital Italiano, ocupado hoy por los heridos y enfermos del Ejército Argentino”. Eran los tiempos de la guerra con el Paraguay.


Dichos populares: “AQUÍ NADIE ME PISA EL PONCHO”

La práctica del duelo con arma blanca como culto al coraje o como único recurso para lavar una afrenta, queda planteada desde la llegada misma del Europeo.



En documentos encontrados del proceso criminal seguido al gaucho “Juancho Barranco” en el año 1759, puede leerse como este personaje entró a pelear: a los gritos de "háganse a un lado"; con un sable en la mano, un puñal en la otra y el poncho envuelto en el brazo. En la época que aludimos, las muertes que resultan de las peleas en las pulperias dan lugar a la sanción de numerosos bandos prohibiendo llevar armas. Una resolución del año 1753, pena con doscientos azotes al portador de cuchillo.

El duelo criollo dentro de este contexto, podía ser espontáneo o convenido de antemano. Y las causas de los duelos eran: campear el alcohol, viejos resentimientos o una palabra de mas. Cuando no, una "china querendona" o una copla intencionada.

Tipos de duelo:

-A muerte.

-A "primera sangre", si sólo se buscara desprestigiar al adversario. Muchas veces, lo que se intentaba era "marcar" el rostro del oponente, para que quede desprestigiado de por vida. Marcar la cara tenía además un fuerte valor simbólico en aquella sociedad pastoril donde la "hierra" (marcar con hierro caliente al ganado) otorgaba derecho o propiedad sobre lo marcado.

También existían duelos de "puro floreo", por juego, diversión o de práctica. En estos casos se usaba un palito o simplemente el dedo índice engrasado sustituyendo el arma.

Los puntazos y hachazos se atajaban -o desviaban- con el propio cuchillo o con el poncho que envolvía el brazo opuesto, en continuo movimiento cubriendo algo separado, el torso y cintura.

Cuando el adversario era despreciable por alguna condición moral o simplemente considerado poca cosa, se apelaba al uso de otras armas: el rebenque, el arriador, el cabestro o el mismo poncho. Así lo cuenta una historia referida al gaucho Pacheco quien castigando a su adversario con el poncho esgrimió: "no lo corro amigo porque no quiero avergonzarlo mas..."

El dicho popular "nadie me pisa el poncho", alude a la costumbre bravucona de arrastrarlo por el piso buscando pendencia. Quien lo pisara, forzaba a una contienda. Los dichos "Atarse la faja" y "Hacer la pata ancha" también son dichos elementales para entrar a la pelea.

Finalmente, "madrugador" no sólo es el que se levanta temprano para honrar al trabajo. También es el que tira el puntazo cuando el otro no desenvainó o está desarmado.


MUSICA DEL ARRABAL

En épocas en donde no existía el MP3, ni el CD, ni cassette, ni los discos de vinilo, era muy dificultoso alegrarse mediante música. Las clases altas podían costear el gasto de un piano, pero los pobres poco podían hacer para alegrarse.
En estos tiempos (mediados del 1800) fue clave la función del organillero, quien se paraba en cualquier esquina, haciendo sonar su música por unas monedas. Algunos inclusive fueron contratados para cumpleaños o fiestas humildes, ya que era la única forma de llegar a tener música en los suburbios.

El organito, es un artilugio parecido a una cajita musical, que contiene un cilindro con clavos. La caja tiene varios martillos que golpean esos clavos cuando el cilindro comienza a girar mediante una manivela.
Los cilindros tenían un repertorio surtido. Los había con temas populares europeos como polcas, valses, marchas de óperas, pero también existían exclusivos de tangos.
Existían distintos tipos de organitos, algunos de similar apariencia con una “rocola” fueron adaptados posteriormente al sistema "automático de la moneda", y resultaron el elemento indispensable en los piringundines y bares del bajo o de los arrabales.

El diario "El Nacional" del 29 de agosto de 1876, da cuenta de la aparición, por primera vez en Buenos Aires, de dos organilleros italianos que utilizaban “cotorras” para sacar un papelito. Pronto este novedoso atractivo se popularizó y se difundieron los organilleros "del lorito", que luego de la interpretación hacían sacar "la suerte" para quien la solicitaba, con el pico del animalito y más tarde quienes se hacían acompañar en su recorrida, con un pequeño mono, muy adiestrado y con gran habilidad para recoger las monedas que el público les brindaba.

José Hernández, en 1872, se refiere a ellos en el "Martín Fierro" donde cuenta que los organilleros napolitanos estaban en todos lados, especialmente en las pulperías animando su música con las piruetas de algún mono. También se han visto algunos de esos tocadores de organito napolitanos partir para la guerra del Paraguay, detrás del ejército, prestar animación a las noches del campamento.

Una anécdota muy humana, cuenta que la fábrica de organitos de la familia Rinaldi entregaba organitos a minusválidos, sin que estos pagasen un centavo de adelanto y sin pagarés, le abrían una suerte de "libreta de almacén". La persona trabajaba y a la mañana siguiente pasaba por la fábrica y entregaba a cuenta lo que podía. La señora de Rinaldi se encargaba de anotar día a día los aportes y de esa forma, sin documentos ni garantías, el "organillero" iba saldando su deuda, un verdadero compromiso de honor, basado en la generosidad y magnífica predisposición de los fabricantes.

Mucha gente estaba en contra de "esa música que rompía los tímpanos" y el 26 de noviembre de 1900, el diario "La Nación" publicó una nota a un señor que vivía en la aristocrática calle Florida. El diario mencionaba: "es amante de la buena música y que todas las noches, precisamente a la hora en que puede sentarse al piano, los acordes de tal milonga le impiden distraerse un rato sin molestar al prójimo". El organillero se situaba frente a su casa para tocar la popular milonga: "Bartolo tenía una flauta".

Fue así que comenzó una campaña en contra del popular difusor de la música; con el progreso la ciudad creció, y los "pianos a manubrio" fueron desplazados a los suburbios o reemplazados por el disco hasta que desaparecieron.

Citando a Homero Manzi en su tango “El último organito”, recordamos y homenajeamos de esta manera a “Manu” de Villa Crespo, el último organillero del que se tiene registro documental.


EL "TORNO" DE LOS EXPOSITOS 

En 1779 el Virrey Vertíz fundó la Casa de Niños Expósitos en la Manzana de las Luces. Con una Buenos Aires repleta de soldados era común que los navegantes y tropas españolas dejasen hijos bastardos por todos lados.

La casa funcionó con pocos fondos, sobreviviendo gracias a alquileres de 9 locales propios, una imprenta, funciones a beneficio en el Teatro de La Ranchería, la venta de mulas para poder comer carne en la cuaresma y diversas donaciones.

Tiempo después el hogar se muda a la esquina dejada por los jesuitas en Moreno y Balcarce, para terminar luego donde hoy funciona el Hospital Pedro Elizalde (Ex - Casa Cuna).

Un elemento primordial en la Casa de los Expósitos fue “el Torno”. Este era un dispositivo giratorio de madera para que alguien que quisiese abandonar un niño lo pudiese hacer anónimamente, girase el armazón y del otro lado aparezca el niño haciendo sonar una campanilla. Para dar un poco de culpa a los padres, en este lugar figuraba la leyenda “Mi padre y mi madre me arrojan de si, la caridad divina me recoge aquí”.

Muchos de los niños eran dejados con alguna señal que los pudiera identificar (pañuelos, mantillas o medallas cortadas a la mitad, mensajes escritos en papeles, etc.) con la esperanza de poder rescatarlos cuando la situación de las madres que los abandonaba mejorase.

Cuando la casa pasó a manos del estado, el Gobierno garantizó pagos mensuales a 250 amas para que cuidasen niños en sus casas, criándolos a leche completa, media leche y despecho, según correspondiera debiendo someterlos a examen médico mensual previo al pago de su salario. A partir de los 4 años a los niños se los daba en guarda o como criados, o continúan con sus amas externas. Sólo los que no podían ser colocados permanecían en la Casa de Expósitos.

La provisión de sustitutos confiables de la leche humana cuando las nodrizas no eran suficientes, creaba problemas de difícil solución. Se utilizaron leche de vaca, yegua, burra y cabra, pero hasta comprender la manera de esterilizarla, poco se podía hacer para conservarla, entonces se intentaba colocar a los bebés directamente en las ubres de cabras amaestradas. Por ese entonces, comienza a elaborarse en Buenos Aires, la "leche malteada", que se vendía en farmacias y droguerías.

Cuenta una anécdota, que ya en tiempos de la Casa-Cuna, uno de los médicos fue a París a entrevistarse con Louis Pasteur y buscar la vacuna antirrábica, trayéndola cultivada en lotes sucesivos de conejos para conservarla. El dr. Davel llegó a Buenos Aires en 1886, justo a tiempo para salvar la vida de un niño uruguayo mordido por un perro rabioso, derivado especialmente a Buenos Aires para su tratamiento, siendo ésta la primera administración de esa vacuna fuera de Francia. 


EL VISIONARIO SEÑOR DIAZ

Rafael tenía 15 años, era vendedor en una mercería de la calle Chacabuco y a la noche dormía sobre el mostrador del negocio.
Un día su empleador viendo su esfuerzo, le dijo: "Usted va a ir al Paraíso, Rafael, usted tiene un chalecito reservado en el cielo".

Y en 1927 terminó de construir su sueño: un chalet normando como uno que había visto en Mar del Plata.
Así inauguró Muebles Díaz, que se convirtió en una de las grandes tiendas de muebles de Buenos Aires. Pero todo el mundo la conocía como la mueblería del chalecito.

Como vivía en Banfield, no podía volver a almorzar: entonces, creó allí su segundo hogar. Comía en la primera planta, hacía una siestita ni muy corta ni muy larga, y volvía a trabajar.

En días claros, desde su chalet se podía ver la costa del Uruguay. Desde esas ventanas, el señor Díaz vio, bloque por bloque, cómo levantaron el Obelisco en 1936. También fue testigo de la apertura de la 9 de Julio.

Hoy, para llegar al chalet hay que subir por ascensor. En la planta baja funciona la administración del edificio, y en el primer piso, oficinas con alfombra gris y muebles modernos. Al último piso se llega por una escalerita de caracol y está vacío. Pero ese ambiente mantiene la esencia de la casa.

Finalmente Don Rafael falleció en 1968 y luego de pasar a manos de sus hijos, por años estuvo abandonado y oculto. El chalet, fue sede de una agencia de modelos y el laboratorio de un fotógrafo.

Ah… Rafael Díaz compró una antena de radio y lanzó la frecuencia Broad Casting Muebles Díaz, que, desde el chalet, mechaba promociones de la casa con temas musicales. Cuando la radiodifusión se reguló en el país, Díaz no estuvo dispuesto a pagar un peso por su radio. Y cedió su antena a una nueva emisora: esas resultaron ser las primeras transmisiones de Radio Rivadavia.

Dirección para algún despistado: Sarmiento 1113. Sino, pararse en el Obelisco y automáticamente mirar para arriba.




UNA JOYA OLVIDADA 

El Mirador Comastri le debe su nombre a un inmigrante italiano al que le fue bien y que acabó con una gran chacra entre la Chacarita de los Colegiales y el casco de Don Juan Manuel de Rosas, al que Sarmiento acababa de comenzar a transformar en gran parque. 

En 1875, Don Comastri construyó su gran casa familiar con un detalle encantador, inexplicable y moderno, una cupuleta de metales y vidrios: lo último de la tecnología metalúrgica del momento.

Los Comastri disfrutaron de su campo y se ganaron bien la vida proveyendo a la creciente ciudad de productos frescos, pero como tantos otros establecimientos se encontraron rodeados por manzanas recién trazadas. También llegó un momento en que era un absurdo, mental y económico, seguir con la huerta y las vacas. Como las demás familias en esa situación, los Comastri lotearon sus tierras en manzanas parejas y se prepararon para vivir en la ciudad. 

Años después, la manzana fue comprada por el Estado, que instaló un colegio industrial.

Hay teorías y leyendas varias sobre el porqué del mirador. Lo primero que vale aclarar es que es un simple artefacto comprado por catálogo. Estas tiendas ofrecían las maravillas tecnológicas de la época, en metales doblados o fundidos: pérgolas, kioscos de todo tipo, muebles de jardín, cerramientos, escaleras prehechas y, por supuesto, miradores. El de Comastri seguramente puede ser encontrado en algún catálogo de época, probablemente en la sección “faros”.

Hoy, clausurado por peligro de derrumbe como resultado de la falta de mantenimiento, el edificio histórico se deteriora lentamente ante la mirada crítica de los vecinos que desde hace años reclaman su inmediata restauración.



PAREDON DEL DESPUES

El famoso paredón de “Sur”, tango de Homero Manzi, era el de la "Curtiembre y Charolaría Luppi", una de las más antiguas del país. La empresa se dedicaba a curtiembre, charolería y fábrica de aserrín de quebracho.
Sus propietarios apadrinaban y mantenian el colegio secundario conocido como Colegio Luppi.

Manzi vivió en Nueva Pompeya entre 1921 y 1924, y casi veinticinco años después compuso este tango donde rememora un viejo amor y dibuja magistralmente el barrio.
“Pompeya y más allá la inundación” hace referencia a la época en que el barrio era una zona de terrenos bajos que se inundaban fácilmente. 

"La esquina del herrero, barro y pampa, tu casa, tu vereda y el zanjón, y un perfume de yuyos y de alfalfa que me llena de nuevo el corazón."
Imágenes que pueden verse en murales sobre la Avenida Del Barco Centenera 3150. 

Porteños de Antaño: EL OLVIDADO SEÑOR OCHOA 

Un tal Burgos era dueño de las tierras aledañas al Riachuelo en la zona de Pompeya cercana al Riachuelo. Este señor cruzaba en bote a todo aquel que le pagara. 

Tiempo después, en 1855, un español llamado Enrique Ochoa y dueño de un saladero de la zona, ofrecería levantar un puente de mampostería a cambio de cobrar “peaje”.

Era una obra de gran envergadura en aquel momento, por la técnica de avanzada que se recurrió para su erección.
Se desvió el agua, se usaron bombas de achique de madera con válvulas de cuero y se asentaron los pilares sólidamente sobre el fondo de tosca. Pero apenas pudo terminarse y la creciente de una tormenta de Santa Rosa arrasó con el puentecillo. Solo duró medio año.

Sin embargo, como buen empresario que era, don Enrique Ochoa no se dio por vencido y encaró la obra de un segundo puente.
Pero en vano resultaron los esfuerzos y el cambio de diseño: la creciente del año siguiente se llevó también este segundo puente de Ochoa, que nunca llegó a usarse.

Ofuscado, Ochoa encaró la realización de un tercer puente.

Dejó de lado la mampostería e hizo traer del Chaco y Formosa vigas largas de excelente madera de urunday, lapacho y quebracho colorado para tender sobre las aguas unos grandes tablones.

Habilitado en 1859, este puente particular pero librado al uso público mediante cobro de peaje, resistió durante años el paso de carros y jinetes, de tropas y hacienda en pie. En 1885 el gobierno federal lo compró por 28.170 pesos, y el puente como tal continuó prestando servicios hasta 1910 cuando fue reemplazado por otro, de mampostería y madera, sustituido a su vez en 1938 por el actual paso.

Cabe mencionar que durante el brindis de inauguración del tercer puente, el señor Ochoa, del cual hemos estado hablando largo y tendido, propuso que la obra llevara el nombre de su amigo el Dr. Valentín Alsina. 

Poco recordado, el Señor Ochoa, inició uno de los emprendimientos de capital privado más imponentes de finales del 1800 y gracias a su idea, al puente Uriburu ... hoy seguimos llamándolo Alsina.


¿¿QUIEN MATA A QUIEN??

Tal como se debate actualmente sobre si los diarios digitales acabarán con la vida de los diarios de papel y de la misma manera que se discutió si la televisión mataría a la radio, para mediados del 30' la sociedad porteña debatía sobre la posible muerte del teatro en manos de la malvada radio.

"La radio va a matar al teatro. Si podemos escucharlo comodamente desde nuestras casas, ¿para que necesitamos ir?"

También se presagiaba la desaparición de música grabada "¿serà la brodcasting, con su música en vivo, la muerte del disco?"

AGUA PARA EL ALMIRANTE!!

A mediados del 1800, era muy difícil conseguir agua en Buenos Aires.

El líquido era extraído del río por aguateros, aunque algunos vecinos se hacían traer el agua del río Negro (Uruguay).

Lucio Mansilla, uno de los grandes cronistas de la época indicaba: "Pocas casas de la ciudad tenían aljibe, indicantes de alta prosapia o de gente que tenía el riñón cubierto; daban notoriedad en el barrio, prestigio; tal o cual vecino pasaba por grosero por los muchos baldes de agua fresca que pedía; y tal o cual propietario, porque sólo a ciertas horas no estaba con llave el candado de la tapa del precioso recipiente".

El agua del aljibe era utilizada para beber y cocinar. En cambio, la de pozo de baja calidad, llevaba otra finalidad: el aseo de la familia y la limpieza del hogar.

Algunas instituciones poseían sus propios carros aguateros con sus yuntas de bueyes. Estos animales eran largados a pastorear por sus dueños sin importarles mayormente el daño que provocaban en los sembrados y chacras de los vecinos.

Uno de estos vecinos, (un conocido cascarrabias de la zona de La Boca), furioso porque arruinaron su quinta, disparó y mató a uno de los bueyes que el Hospital General de Hombres tenía para extraer el agua del río. Acusado del hecho, el almirante Brown debió hacerse cargo del valor del animal.


LA "OFICINITA DE INTERPRETES" 

A mediados de 1900 y durante la gran inmigración, Argentina quería mostrar poder y riqueza frente a otras naciones. Emprende entonces el llamado "hotel para pobres" una obra de gran magnitud, destinada a alojar a aquellos que llegaban a trabajar en las tierras del modelo agroexportador.

Los servicios del hotel comprendían el alojamiento gratuito por cinco días, que eventualmente podía extenderse hasta que el inmigrante encontrara trabajo; la atención médica en el hospital a los que así la requerían, la oficina de trabajo, que se ocupaba de conseguirles empleo y de trasladarlos al interior, cursos y conferencias nocturnas acerca de las bondades del país, aprendizaje de maquinaria agrícola y de uso doméstico para las mujeres, y, por último, una "oficina de interpretes".

En cuanto a la oficina de intérpretes, en aquel entonces la revista P.B.T. ofreció su propia versión del asunto, en un artículo que denominó "el polígloto de la inmigración".


Los periodistas se trasladaron al hotel a corroborar los servicios que prestaba este sector. Allí resultó que la oficina de intérpretes se resumía en la persona de un muchacho, llamado Martín que, a duras penas, con más voluntad que escuela, lograba descifrar los misterios del ruso, polaco, búlgaro, sirio o rumano, según el caso.

Para ello, Martín anotaba las palabras en un cuadernito "tal como las escuchaba".  Asi anotaba por ejemplo "fader"=padre (Father), "mader"=madre (Mother), etc...



¿¿CHIMENEAS??
 
Uno de los mejores ejercicios para los curiosos de Buenos Aires y que recomendamos desde Metejón, es mirar hacia arriba.
En los edificios, torres, fábricas y chimeneas podemos llegar a descubrir huellas de historia urbana.

Las famosas chimeneas que vemos en la foto, en realidad se denominan "ventiletas".
¿Cuál es su función? Son tubos de ventilación de la red cloacal principal o la primera cloaca mayor que recorre la Ciudad y descarga en Berazategui, sobre el Río de la Plata. La cloaca mayor tiene un diámetro de aproximadamente tres metros, de forma abovedada. La parte más antigua es de ladrillos y las más nueva, que no deben tener menos de 80 años, están hechas con caños de fundición de hierro. De no tener cada tres ó cuatro kilómetros un tubo de ventilación, como las ventiletas, la red reventaría por la acumulación de gases, sobre todo butano.
Estas ventiletas fueron construidas en 1897 por empresas de origen británico que también desarrollaron el sistema cloacal y pluvial de la Ciudad. Según se cuenta, los ladrillos que componen las ventiletas fueron traídos desde Gran Bretaña.
Después el sistema fue mantenido y ampliado por Obras Sanitarias de la Nación, posteriormente por Aguas Argentinas y actualmente por AySA. 




¿HACERLO POR LA RADIO?

En 1926 era común hacer cursos por radio.
Uno de los más sorprendentes era el de gimnasia, animado desde el piano por Adolfo Avilés y apoyado con gráficos desde la revista de Radio Cultura.

También se dictaban clases de inglés, francés, guitarra española, grafología oriental y hasta se daban lecciones de baile a cargo del conde ruso Juan E. de Chikoff, padre de María Eugenia.
Este último, se dice ...que fue el inventor del paso de tango "un, dos, tres, cuatro, cierre y cruce".




Frases populares: “ESTAR EN PAMPA Y LA VIA” 

Cuando los porteños decimos esta frase, hacemos alusión a que alguien no tiene un peso en el bolsillo.
Esta frase, que hizo famosísimo a ese cruce de la calle La Pampa con las vías del ferrocarril Mitre, (exactamente enfrente de las Barrancas del barrio de Belgrano), nació hace aproximadamente un siglo, cuando el Hipódromo estaba ubicado donde hoy se encuentra la cancha del club River Plate.

Allí, los burreros que perdían todo, hasta la última moneda para volver a sus casas, gozaban de un “servicio de cortesía” que le brindaba el propio hipódromo. A los apostadores, se los llevaba en un tranvía especial desde Nuñez hasta el cruce de La Pampa y las vías del tren, para que desde allí, que era un lugar más poblado, y a la buena de Dios, pudieran continuar el regreso... lógicamente sin biyuyo. "...Me dejaron en Pampa y la vía..."

En el grabado, el viejo hipódromo de Nuñez.


Personajes Queribles: 
HERMINIO, UN TIPO CON CALLE

Fue un impetuoso delantero. Potente, cabeceador, valiente en el área, de gran remate. Su extensa trayectoria lo convirtió en uno de los símbolos máximos del club Huracán.

Herminio, mantiene un record de 259 goles en 367 partidos en Primera División, por lo que ocupa el 3º lugar en la historia del fútbol argentino y el 92º lugar en el mundo.

Además, Masantonio ganó con la Selección Argentina el Campeonato Sudamericano de 1937 y 1941, y fue el máximo goleador en los Sudamericanos de 1935 y 1942. Por otro lado, es el futbolista de la Selección Argentina con mejor promedio de gol (1.10), al anotar 21 goles en 19 partidos.

En el año 2000, el barrio de Parque Patricios rebautizó una calle en su memoria. La antigua calle Grito de Ascencio, perdió su nombre sólo por unos 160 metros, entre la avenida Zavaleta y la calle Iguazú, que ahora es llamada Herminio Masantonio. 


Esta, es la única calle de esta ciudad de Buenos Aires que tiene nombre de un jugador de fútbol. 



CERVEZA BIECKERT... EL SABOR DEL GORRION

El empresario Emilio Bieckert arribó de la ciudad de Barr (Alsacia), convencido de hacer un gran negocio. Aquí fundó entre otras cosas, la primera fábrica de cerveza, y la primera fábrica de hielo del país.

También fue quien trajo los gorriones a la Argentina...
¿Cómo es esto?
Añorando estos pajarillos de su ciudad natal, hizo importar 13 jaulas de aves. Como la Aduana pretendía cobrarle un arancel, Bieckert liberó a las aves, que luego se multiplicaron por todo el país.




PROSTITUTAS, ALCAHUETAS
Y COPERAS


La zona delimitada por la avenida Alem y sus calles siguientes Reconquista y 25 de Mayo han sido a lo largo de la historia porteña, lugares prostibularios.

Allí trabajaban además de las COPERAS (las que invitaban una copa a los cansados marineros), infinidad de prostitutas.

Las prostitutas por lo general eran mujeres comunes reducidas a la esclavitud. Muchas de ellas eran "convencidas" en Europa, donde se les ofrecía matrimonio, un buen pasar en el nuevo Mundo y demás falacias.

A las que llegaban solas en barco al puerto de Buenos Aires se les prometía un lugar donde dormir.
Por último, se traían desde Europa prostitutas veteranas. Eran las que ya no tenían gran clientela en sus países. Aquí eran sumamente requeridas, aún más que las locales.

A la mujer común reducida a la prostitución se le daba ropa, y un cuarto amueblado, todo a cuenta.

Otro de los personajes de esta historia es la MADAMA quien por lo general era una prostituta devenida en empresaria, que regenteaba prostíbulos. La madama siempre hacía cálculos para que la ganancia de la prostitua sea tan poca, que así no podía hacer frente a sus deudas, la ropa, el cuarto amueblado... las mujeres eran libres pero vivían endeudandose, y entraban en un círculo corrupto del cual muy pocas podían salir.

Otros de los personajes eran:

La ALCAHUETA: era una mujer entrada en años que tenía clientes. Estos últimos elegían de una carpeta la chica a su gusto y placer, y la alcahueta realizaba el contacto en lo que se conoció comunmente como "casa de citas".
El CAFISHO o CAFIOLO era el hombre que vivía del trabajo de la prostituta. Le hacía regalos, daba protección de otros hombres, y hasta pagaba fianzas o compraba remedios. Tipos rudos que se violentaban, siempre intentando cuidar el rostro de la mujer que le daba de comer, no así su cuerpo.
El CAFTEN era el cafiolo que tenía varias prostitutas bajo su protección.

Las mafias eran quienes regenteaban este tipo de negocios, como por ejemplo la Zwi Migdal, la mafia más grande de todo América para principios del siglo XX. Una mafia judío/polaca que llegó a tener ganancias anuales por más de 50 millones de dólares.

El apogeo de la organización se dio en la década de 1920, con 430 proxenetas que controlaban 2000 burdeles y 4000 mujeres.
Finalmente, Raquel Liberman, una "polaquita" que había llegado engañada de Europa se escapó y dió datos claves para el desbaratamiento de la banda.
LARTET Y EL PRIMER VIAJE EN GLOBO EN BUENOS AIRES (o eso intentó)

El hombre siempre sintió admiración por las aves y quiso volar como ellas. En muchas épocas esto estuvo mal visto incluso bajo el cristianismo se lo tildó de hechicería. Hubo muchos intentos de ponerse alas con plumas en los brazos, y muchas cosas más. Hasta que, finalmente en Europa, los hermanos Montgolfier inventaron la Mongolferiana, primer globo aerostático, que era inflado con aire caliente. El 5 de junio de 1783 concretan su triunfo haciendo volar un globo aerostático.


En nuestro país llegó más tarde la novedad, y se la comenzó a utilizar en diferentes festejos, pero solo con pequeños globos de papel llenos de aire caliente.


Pero a un francés de apellido Lartet le corresponde el honor de ser el primer hombre en surcar los aires porteños y de nuestra patria. Lartet llegó con una compañía francesa que inauguró el Teatro Porvenir. El teatro lanzaba globos promocionando sus funciones. Finalmente se anunció en los diarios de Buenos Aires que el jueves 19 de octubre de 1856 tendría lugar la "Gran Ascensión Aerostática por el señor Lartet, aeronauta francés. En el terreno del Molino de Viento, a las tres en punto de la tarde".

Lartet entonces programa el ascenso con su globo desde un terreno en donde había un molino, cercano a la Plaza Lorea. Se colocó una empalizada rodeando al lugar donde se calentaba el aire para inflar el globo, y se cobraba 20 pesos los primeros asientos y 10 los segundos, para presenciar tan extraño acontecimiento. Una banda tocaba música, y una multitud coronaba los edificios circundantes al terreno. Los periódicos informaban que el día era tormentoso. Llegado el momento, el globo se elevó serenamente, pero fue desplazado por el fuerte viento reinante. El viento lo fue deslizando lateralmente hasta que chocó con una casa, reventándose a consecuencia de los desgarros. Lartet cae y resulta ileso.

El teatro organiza una segunda ascensión, esta vez para el 30 de octubre del mismo año. Se repiten los preparativos, y esta vez el globo se eleva, pero la mala suerte o la poca pericia de Lartet hacen que el globo se vaya contra el Molino, tropezando con una de las aspas. El globo se golpeó contra varios techos hasta que Lartet salió de la cestilla de goma que le servía de nave, tirándose al techo de una casa. Por este acto, Lartet fue llevado preso.


El francés entonces, pide repetir la prueba, y lo hace el domingo 16 de noviembre de 1856, a las tres de la tarde, esta vez desde la Plaza Lorea, que estaba colmada de público. Extrañamente, es autorizado y conducido al lugar por un vehículo de la policía.


En el diario El Nacional del 17 de noviembre de 1856, se cuenta que las azoteas estaban cubiertas de curiosos para ver "dando tumbos en las nubes a un pobre diablo que nunca ha subido a un globo". En esta ocasión, el globo recorrió media cuadra hasta "la calle Lorea Nº 53 y en la azotea tropezó con una pared haciendo saltar de la barquilla a Mr. Lartet que se enredó con una cuerda su pierna, se dio un porrazo en la cabeza y desconcertó su brazo, magullándose las costillas". El globo luego cayó en una calle cercana.


Luego de este ultimo viajecillo, no se supo nada más de Lartet, que partió de Buenos Aires, bastante humillado por las bromas que le habrían hecho.


LA PRIMERA "MULTA" PORTEÑA

Allá por el 1600, el paso de las carretas en el centro de la ciudad de Buenos Aires generaba grandes pantanos si llovía. Tal es así que cuando en 1620 un paisano y su caballo se ahogaron, el gobernador prohibió el tránsito por el centro, colocando troncos atravesados en las esquinas cercanas a la plaza mayor.

Diego de Góngora, el gobernador, también prohibió el estacionamiento generalizado de caballos en las puertas de las pulperías, primero porque no dejaban pasar a nadie, y segundo porque los pingos llenaban de bosta las calles convirtiéndolas en un chiquero nauseabundo.

Una tarde, paseando por la ciudad, el gobernador encontró un caballo mal estacionado y haciendo sus necesidades. De inmediato ordenó secuestrar el animal y multar a su dueño.

Jenario Romero fue el primer multado por mal estacionamiento, quien tuvo que ver como la grúa se llevaba a su vehículo. En aquel entonces, la grúa era apenas, otro caballo.

El hombre recién había llegado de Luján donde vivía con su mujer y sus 12 hijas, y paró a refrescarse un poco. Era el único lugar en donde poder descansar un poco, no solo del viaje sino también de 13 mujeres que lo apabullaban.

Luego, se dirigió al fuerte y pagó su multa. Ah... la pena no era en dinero sino en especie: Jenario pagó con una gallina comprada a un vecino, y regresó a su hogar.

fuente: Hist. Daniel Balmaceda

¿PODRIA EXPLOTAR EL GASOMETRO? Misterios Urbanos...

Con sus 85 metros de altura y 50 metros de diámetro, el Gasómetro de Constituyentes, era parte de una fábrica de gas de carbón y coque que proveía combustible para principalmente, iluminar las casas y las calles por medio de los antiguos faroles.


El gasómetro fue instalado a mediados de la década del ’40 y no era un simple almacén de gas: era una fábrica. Al costado del tanque están, aún hoy, las instalaciones que hace más de medio siglo permitían generar este preciado combustible.


Quien lo haya visto, alguna vez pudo haber tenido un par de incógnitas: ¿podría llegar a explotar? Además, ¿quién no se preguntó qué hay adentro? El mayor problema para despejar esas incógnitas residía en que casi no existen referencias históricas: no las hay en la empresa que lo administra en la actualidad, ni en la biblioteca del Ente Nacional Regulador del Gas (ENARGAS), ni en el Archivo General de la Nación.


Por dentro, no es como uno lo imagina: un gran disco metálico de color amarillo hace las veces de techo a pocos metros de altura y no permite observar hacia arriba. Una desilusión. Sin embargo, por un pequeño recorte cuadrado se alcanza a ver, en forma parcial, el interior del cilindro: una extraña y oscura visión de la carcaza hueca de 85 metros de altura. El tanque se mantiene en pie porque resultaría más costoso desguazarlo que conservarlo; incluso pintar su exterior de más de 13.000 metros cuadrados exigiría una gran inversión. Hoy sólo se aprovecha la parte baja como estacionamiento.


Cuando funcionaba no estaba vacío, sino que incluía dentro un segundo tanque; lo que vemos desde afuera es apenas una cubierta. En la base había una gran pileta con agua, donde descansaba el segundo tanque como un gran vaso invertido sobre un plato sopero con agua. Ese vaso recibía el gas y su presión elevaba el tanque interior.


Desde la base hasta el techo no hay una sola abertura en las paredes de hormigón que constituyen el foso. El ascenso al techo, es por medio de un antiguo pero operativo ascensor. Lento y muy oscuro.


La superficie de la terraza es de aproximadamente 2.000 metros cuadrados. La monumental construcción, de chapas de acero remachadas, se puede ver desde más de un kilómetro a la redonda. Además, quienes trabajan allí, dicen que en días despejados se pueden divisar las costas uruguayas



Desde hace más de medio siglo, el monumental gasómetro de las avenidas Gral. Paz y Constituyentes representa un misterio para los habitantes del barrio. En su interior, se encuentra el Centro Operativo San Martín, hoy perteneciente a la empresa Gas Natural BAN.


fuente: Adrián Alauzis