CUANDO EN CARNAVAL VALIA CASI TODO
El antepasado de las bombitas de agua fueron los huevos (por lo general de "teru-teru") rellenos de agua, que eran vendidos en la vía pública. La costumbre indicaba que quien no tuviera azotea ni casa estratégicamente ubicada, debía asociarse con el que sí tenía, y aportar a la sociedad una inmensa cantidad de huevos con los cuales "pagaba" su derecho a la guerra. Los juegos de agua comenzaban el sábado temprano pero ya para el lunes se convertían en verdaderas batallas campales...
Los cronistas de época, dos hermanos ingleses de apellido Robertson aclaran "los combates en las calles eran rudísimos, casi salvajes, los jinetes a veces sacaban a relucir cuchillos, los proyectiles atravesaban el aire, particularmente los huevos de avestruz, que por su gran peso, eran muy peligrosos y a veces fatales..."
Al parecer los excesos durante las fiestas de carnaval eran tales, que fueron necesarias medidas oficiales, como ocurrió en el carnaval de febrero de 1832.
Al parecer los excesos durante las fiestas de carnaval eran tales, que fueron necesarias medidas oficiales, como ocurrió en el carnaval de febrero de 1832. "Les está prohibido usar máscaras, dirigirse contra otras personas que no se manifiesten dispuestas a esta diversión, asaltar de modo alguno ninguna casa o azotea, pues siempre de esto provienen riñas y desgracias".
Así, ricos y pobres, niños y jovencitas, salían a la calle a desfilar junto con los negros que aprovechaban a candombear un poco, y desquitarse de los blancos con algún que otro huevazo.
La anécdota cuenta que en 1868, un viajero llamado Alfred Ebelot presenció un corso en Buenos Aires. Entre los paseantes, pudo registrar al ex-ministro de relaciones exteriores junto con su hijito.
En ese mismo instante, pasaba un coche al descubierto. Fue así como padre e hijo, mojaron a quien viajaba en el, hasta dejarlo completamente empapado. Luego de provocar la risa de todos los presentes, dieron cuenta que el mojado era el mismísimo presidente Domingo F. Sarmiento.
Así, ricos y pobres, niños y jovencitas, salían a la calle a desfilar junto con los negros que aprovechaban a candombear un poco, y desquitarse de los blancos con algún que otro huevazo.
La anécdota cuenta que en 1868, un viajero llamado Alfred Ebelot presenció un corso en Buenos Aires. Entre los paseantes, pudo registrar al ex-ministro de relaciones exteriores junto con su hijito.
En ese mismo instante, pasaba un coche al descubierto. Fue así como padre e hijo, mojaron a quien viajaba en el, hasta dejarlo completamente empapado. Luego de provocar la risa de todos los presentes, dieron cuenta que el mojado era el mismísimo presidente Domingo F. Sarmiento.