COMO SE DESINFECTABA BUENOS AIRES EN 1899
En el Buenos Aires de fines de siglo, cuando la densidad de población y las enfermedades contagiosas eran temas de constante preocupación, la Asistencia Pública desplegaba un ejército silencioso y meticuloso: las cuadrillas de desinfectadores. Su misión —aunque a menudo mal comprendida— era de vital importancia para la salud de la comunidad.
Por las calles de la ciudad, especialmente en los viejos conventillos de inquilinato, se veían hombres uniformados en trajes impermeables, equipados con bolsas para ropa contaminada, cajas, aparatos de medición y regadores, movilizándose con un carro especial que transportaba hasta las estufas desinfectadoras municipales. Cada cuadrilla estaba compuesta por un capataz y tres ayudantes, entrenados para enfrentar los focos de infección en hogares donde había casos de enfermedades como difteria o sarampión.
Buenos Aires contaba con dos grandes estufas desinfectadoras:
-
La del Sur, en la esquina de Comercio y Cevallos, una unidad portátil del sistema Le Blanch con capacidad de un metro cúbico, que actuaba mediante vapor a presión y podía servir incluso como estación sanitaria. Se recordaba su uso oportuno en Belgrano durante la última fiebre amarilla.
-
La del Norte, en Centro América y Melo, consistía en cuatro estufas combinadas, del sistema Geneste-Herscher, cada una de dos metros cúbicos, destinadas especialmente a la desinfección de ropa mediante vapor a presión.
Al llegar al domicilio, los empleados encargados tomaban las prendas por inventario, asegurando que cada pieza fuera registrada antes de pasar al tratamiento. Una vez desinfectadas, la estufa devolvía la ropa correctamente acondicionada, separada en atados y lista para su restitución a los dueños.
Contrariamente a lo que muchos temían, las telas delicadas no sufrían daños durante la operación: cuando una prenda podía verse alterada por el vapor, se aplicaba formal en su lugar, dentro de los mismos hornos, garantizando la preservación de las prendas más frágiles.
Cabe destacar, que se desinfectaba con bicloruro de mercurio, un poderoso antiséptico y desinfectante. Con el tiempo, su uso ha disminuido debido a su extrema peligrosidad por ingestión, inhalación o contacto, ya que causaba daños severos a riñones, sistema nervioso y tejidos, pudiendo ser mortal incluso en pequeñas dosis.
Sin embargo, la práctica de la desinfección domiciliaria no siempre era acogida con agrado. En muchas casas de inquilinato, la aparición de las cuadrillas era recibida con protestas, gritos, insultos e incluso agresiones físicas. La gente veía a los inspectores de higiene casi como portadores de una calamidad, y no era extraño que la presencia policial tuviera que intervenir para contener los desbordes.
Este rechazo —en particular entre las clases más humildes— reflejaba una profunda desconfianza hacia las autoridades sanitarias. A menudo se atribuía esa aversión no al desconocimiento de los riesgos, sino a una mezcla de miedo, ignorancia y orgullo herido. Y sin embargo, hacía falta una mirada más ecuánime para apreciar cuán imprescindibles eran esas medidas, sobre todo en viviendas amontonadas, sucias y poco ventiladas, donde la ausencia de higiene podía convertir cualquier foco de infección en una fuente de peligro para toda la comunidad.
Los médicos de la época eran inflexibles en sus recomendaciones y se esforzaban por enseñar a sus pacientes la importancia de un ambiente aseado. Mostraban que vivir en condiciones higiénicas no perjudicaba ni la salud ni las pertenencias —lo verdaderamente bochornoso era la falta de limpieza permanente.
Quizás el horror que muchos sentían hacia la desinfección venía de las imágenes de los lazaretos, lugares donde se aislaba a los enfermos más graves. Pero la desinfección practicada por la Asistencia Pública era otra cosa: un acto de prevención necesario, discretamente técnico y esencialmente inofensivo, que buscaba proteger no solo al enfermo, sino a toda la sociedad porteña.

