EL REY PORTEÑO

Sobre la calle Moreno al 1600 encontramos a la Iglesia Mater Misericordiae, conocida también como "de los Italianos".
A mediados del siglo XIX, un grupo de inmigrantes italianos devotos a la Virgen María crearon la Cofradía de Mater Misericordiae pero no tenían donde poner a su virgen.
La imagen circulo por varios templos hasta que en 1866 adquirieron unos terrenos que pertenecían a doña Pilar Spano de Guido, viuda del general Tomás Guido y madre del poeta Carlos Guido y Spano.
En 1870 se inauguro la parroquia y años después tomaron la posta un grupo de 10 sacerdotes enviados por Don Bosco. En su sacristía y en su atrio funcionó la primera aula y el primer oratorio de los hijos de Don Bosco en el continente americano.

Para comenzar con la historia debemos mencionar que en este sencillo templo estuvo enterrado un "Rey": se trata del príncipe Aimone de Saboya, duque de Spoleto y de Aosta, segundo hijo del príncipe Manuel Filiberto y bisnieto del rey Víctor Manuel II de Italia.

Aimone fue un joven nacido en Turin, destacado miembro de la marina y un "Don Juan" cuya pasión eran las bailarinas y la Regia Marina Italiana. Pero el don más atrayente de Aimone era su aspecto físico, era alto, delgado y gran deportista.

Finalmente en 1939, mas o menos sentó cabeza y se casó con la princesa Irene de Grecia con la que tuvo un hijo.
Ya en 1941, tomando el nombre de Tomislav II, fue proclamado Rey del Estado Independiente de Croacia casi sin ser consultado.
Una anécdota cuenta que cuando lo fueron a buscar para proclamarlo rey, tardaron 24 hs en encontrarlo porque estaba oculto en un hotel de Milán en compañía de cierta señorita y en ignorancia total de su esposa.

No obstante haber sido proclamado rey Croata, nunca puso un pie en dicho territorio, abandonando posteriormente la corona el 12 de octubre de 1943, tras la retirada italiana de la guerra.

Su mujer y su hijito fueron confinados en un campo de concentración nazi en Austria en 1944 y posteriormente a Polonia, de donde finalmente escaparon hacia Italia.
Con escasas noticias de su mujer y su hijo, Tomislav II se exilió en Buenos Aires.

El esperaba poder rehacer su vida en nuestro país como un hombre de negocios, sin embargo, ya estaba muerto por dentro desde que fue obligado a dejar su cargo en la marina. Luego comenzó a escribirle a su familia prometiéndoles traerlos a Buenos Aires. Se sometió a una operación de vesícula y murió de un ataque cardíaco en 1948.

Su tumba fue la iglesia de los italianos hasta 1973, año en que sus restos fueron trasladados a Italia donde se le dió sepultura en el cementerio de il Borro, propiedad de su hijo el duque Amadeo.

VOCABLOS POPULARES: "LA SANATA"

La palabra "sanata" según el diccionario es un italianismo.
El "mataburros" agrega: sanata es una conversación prolongada y generalmente engañosa que produce fastidio o es cargosa, es una deformación irónica de la palabra "sonata".

Sin embargo hay otra historia más porteña, marcada por el gran Discepolín.
El mito cuenta que "Sanata" sería un vocablo que sacó de la manga Enrique Santos Discépolo. Esta palabra surgiría en la calle Rioja entre Inclán y Salcedo (Parque Patricios), cuando vivía con su hermano Armando y su cuñada.


Se reunían en su casa o en la casa de enfrente, con varios intelectuales como José González Castillo, Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto, González Pacheco entre otros.

Enriquito tenía 14 años y acudía a estas tertulias culturales. Al lugar también iba un personaje apellidado Zanata, vendedor de tienda, grandote, de "manos enormes" (dato clave) que se quedaba embobado en esa bohemia. Era un buenazo, y según Enrique, por miedo a equivocarse decía a todo que sí y, a veces, decía frases sin puntada final, difuminándolas por falta de argumentación.

De allí sacaría Discepolín "lo zanateado", en aquellas reuniones donde tanto aprendió.

A veces acudía una mujer a las reuniones, apodada La Circasiana.
Sanata se enamoró perdidamente de ella, una mujer algo excéntrica.
Discépolo contaría en Radio Belgrano en 1947 el drama amoroso: «Lo cierto es que una noche, Zanata faltó a nuestra tertulia.
La verdad la trajo la madrugada, inesperadamente, cuando ninguno pensaba ya en Zanata... ¡Pobrecito!... ¡El trabajo que le habrá costado meter semejante "dedo" en el gatillo!...»

Fuente: José María Otero - www.todotango.com

LOS LOCOS DE LA ANESTESIA

En 1847 el periódico inglés "British Packet and Argentine News", que funcionaba cerca de la Plaza de Mayo, publicaba una nota titulada “Vapour of Ether” (Vapor de éter).


Este artículo detallaba la utilización de la primera anestesia en la ciudad de Buenos Aires, practicada por un médico y cirujano dental:


“…Unos pocos días atrás fuimos testigos de una cirugía de corrección de estrabismo (strabismus convergens) en un paciente que estaba bajo la influencia narcótica del vapor de éter realizada por el Dr. Tuksbury en su casa de la calle Perú, asistido por el Dr. Aubain. El resultado parece ser exitoso, ya que el ojo deformado quedó en perfectas condiciones inmediatamente después de la operación…”


 


“…Observamos que transcurridos alrededor de cuatro minutos el paciente comenzó a reír como si estuviese bajo la influencia de una intoxicación alcohólica, y mientras se quitaba violentamente el tubo de su boca se incorporó y preguntó: ‘¡Qué están haciendo?’ Luego de pasar algunos minutos en tranquilizarlo, tiempo durante el cual se disiparon los primeros efectos del éter, se lo persuadió para que repitiera la inhalación…”

“…Luego de colocar al enfermo en una posición adecuada, el doctor Tuksbury procedió de inmediato a realizar la operación (que generalmente es muy dolorosa) durante la cual el paciente no evidenció el menor sufrimiento o sensibilidad...”

“…Al colocarle el vendaje, cerca de diez minutos después de la operación, levantó la cabeza y preguntó con sorpresa: ‘¡Qué!, ¿está todo terminado?’, y en unos pocos minutos sus sentidos se restablecieron perfectamente. Al preguntársele como se sentía, contestó que bien, y que ‘había tenido un sueño placentero’...”

Tiempo después, en el año 1899, el camarógrafo francés Eugene Py, pionero del cine en la Argentina, filmó en el viejo Hospital de Clínicas, una intervención quirúrgica que practicó el prestigioso cirujano argentino Dr. Alejandro Posadas.

En la película, que se conserva en la Fundación Cinemateca Argentina y dura 3 minutos 40 segundos, se ve a Posadas operando, intentando resecar un quiste del pulmón derecho a un enfermo.

También puede verse al anestesiólogo Dr. Rodolfo Roccatagliata que tiene en su mano derecha un frasco, del cual deja caer lentamente un fármaco (cloroformo) sobre una máscara anestésica. Posadas, su ayudante quirúrgico y el anestesista visten largos guardapolvos blancos con las mangas remangadas hasta el antebrazo, sin gorro, ni barbijo, ni guantes, conforme a las normas de asepsia de la época.

Esta se trata de la primera operación filmada en el mundo, y no se conocen películas de estas características anteriores a la mencionada.


 
CUANDO UNA MUJER NAZI, FUE TAPA DE "EL GRAFICO"

El 17 de marzo de 1934 llegaron al puerto de Buenos Aires un grupo de pilotos y científicos alemanes que venían a experimentar con algo novedoso y extraño llamado “vuelo a vela” (vuelo sin motor o con planeadores).

Los principales objetivos del viaje eran fomentar esta práctica e investigar las condiciones climáticas para esta actividad en América del Sur.

El grupo estaba liderado por Walter Giorgii, el más prestigioso meteorólogo del mundo en ese entonces, y varios pilotos, entre ellos Hanna Reistch, una hermosa adolescente alemana casi desconocida.

Los pilotos electrizaron al país. Uno de ellos, tras volar siete horas sobre Buenos Aires y alrededores, aterrizó en la plaza frente a la Estación de Retiro, a la vista de miles de sorprendidos porteños que regresaban a su casa.

Sin embargo, Hanna Reistch fue tapa de la revista "El Gráfico" en abril de 1934. El efecto que causó ver a una mujer vistiendo pantalones y campera de cuero cruzando los cielos en aviones sin motor, fue inmenso. Numerosas mujeres la imitaron ingresando a las academias de vuelo, aunque varias abandonaron, cediendo a presiones familiares y machistas.

Hanna se convirtió en la primera mujer en volar un planeador en el mundo. Sin embargo, su mancha más grave fue amar al nacionalsocialismo. Así accedió a los círculos íntimos de Hitler, quien la tenía en alta estima.

Siendo piloto de pruebas de la Fuerza Aérea Alemana, Reitsch fue muchas veces lesionada y herida en servicio. Por sus servicios a la nación alemana se le otorgó la Cruz de Hierro de Primera Clase y la Cruz de Hierro de Segunda Clase.

Tras la caída del régimen, la joven intentó convencer a Hitler de que huyera de Berlín, pero el dictador se negó. Ella entonces atravesó la ciudad en llamas bajo fuego de artillería, aunque tiempo después cayó prisionera de los norteamericanos.

El escritor e investigador Carlos De Napoli considera que Hitler logró salir con vida de Berlín en el avión pilotado por Reitsch y de allí se marchó para Sudamérica para vivir luego en San Carlos de Bariloche. Otros investigadores sostienen que ella no habría sido enviada para estudiar el clima sino para encontrar un lugar acorde para el exilio final del Furher.

Hoy, una pequeña calle en Ciudad Jardín, Prov. de Buenos Aires recuerda su nombre.

AQUEL ANTEPASADO PERDIDO DEL COLECTIVO

En las mañanas complicadas de cara al trabajo, pueden verse algunas miserias en las paradas de colectivo: aquel que se adelanta (se "cola") ante una madre y su bebito, el colectivero que no levanta pasaje ante su obligación, el apurado que se levantó tarde...

Pero también surgen aspectos solidarios perdidos en el tiempo, como la de viajar con desconocidos en un taxi y pagar de forma conjunta.

Lo individual nos hace dudar "¿viajamos con extraños o esperamos lo inesperable?". En este contexto surgen temas interesantes y reflexivos como este:



En 1928, y cerca de la Av. Rivadavia al 8800 se reunían en tertulia algunos taxistas. Entre los más entusiastas de la reunión, surgió la idea de poner en práctica el "auto-colectivo".

Los auto-colectivos llevaban hasta 5 pasajeros y no cobraban boleto al subir: recién cuando llegaban a destino los pasajeros pagaban el viaje (10 centavos hasta Plaza Flores, 20 de punta a punta del recorrido).

La mecánica era la siguiente: los choferes se paraban en las esquinas gritando como locos para un lado y para el otro, anunciando viajes por módicas sumas: "¡A Plaza Flores diez centavos! ¡A primera Junta veinte!". Una vez que estaban todos los pasajeros sentados, el auto (que contaba con capota tanto para protegerse en los días de lluvia, como para las agobiantes jornadas del verano porteño) arrancaba y no se detenía hasta llegar al lugar de destino.

Hubo casos en que algún pasajero tenía el privilegio de bajar en la puerta de su casa, generando el asombro o la envidia de sus vecinos, quienes se preguntaban si ese buen hombre se había comprado un auto.

Atentas a un machismo porteño casi desmedido, las mujeres eran reacias a subirse a los colectivos, es por ello que los dueños de los vehículos utilizando técnicas de marketing, contrataron a algunas mujeres como viajantes para animar a otras mujeres a viajar.

Y como en todos los aspectos de la vida, existía la competencia desleal. Si algún chofer tenía la mala suerte de padecer algún percance callejero, o por ejemplo pinchaba una goma, lo más seguro sería que algún colega taxista que pasaba a su lado carcajeara de lo lindo e incluso cargara al infortunado.

La primera línea de auto-colectivo de la ciudad circuló el 24 de septiembre de 1928. Partía desde Primera Junta, paraba en Plaza Flores y finalizaba en Lacarra y Rivadavia.

La aparición de este nuevo medio de transporte generó preocupación en las empresas ferroviarias y tranviarias, quienes realizaron presiones de todo tipo.

Pero las carrocerías de los automóviles, que demostraron ser poco eficaces para atender las demandas crecientes de los servicios, fueron la excusa perfecta. Pronto, este tipo de transporte comenzó a sustituirse por el chasis de camión, similar al de nuestros días.

En la foto: Auto-colectivo, de la línea 18 (circa 1930)

COMIDA RAPIDA ERA LA DE ANTES

Para 1907 el último grito de la moda lo daba el “Bar Automat". Este lugar se encontraba en Bartolomé Mitre al 400.
Pero... ¿Qué tenía de innovador?

Este bar ofrecía a sus clientes el despacho automático de cerveza, refrescos y sandwiches.


Contaba con unos cilindros de vidrio empotrados a la pared con estantes en su interior, conteniendo cada uno un determinado tipo de alimento: sandwiches de miga o pan francés (desde fiambres y queso, hasta milanesas o matambre), empanadas y algunos postres: trozos de tortas, pasta frola, queso y dulce, e incluso panqueques de gustos varios.

Si se colocaba una moneda en la ranura del mecanismo (generalmente de diez centavos), se accionaba una manivela y descendía el estante correspondiente hasta una abertura inferior donde el cliente tomaba su alimento. Para las bebidas existían dos sistemas: uno similar al mencionado, pero con botellas, y otro que se servía de grifos. De esta manera se obtenían jugos, refrescos como Bilz o Pomona, vinos, cerveza e infusiones calientes.  

Con el tiempo aparecieron despachos automáticos de minutas: sopa de arroz o fideos, buseca, ravioles a la manteca o al jugo, milanesa con fritas, asado de tira, arroz con carne, pastel de carne, y albóndigas (para quienes comemos en el centro, una locura!).

Habiendo puesto la monedita, un empleado al otro lado de la pared, abría la puerta y entregaba la preparación elegida. Casi siempre se comía “de parado” en mesas angostas adosadas a las paredes o dispuestas en el centro del local.

Algunos otros bares automáticos se encontraban en Av. Rivadavia y Montiel (Liniers), Alem al 500, Avenida de Mayo al 800 o en la Galería Güemes.


Cuentan algunos testimonios que los carteles de los locales de comida automática indicaban: “si usted coloca una moneda, aparecerá el plato solicitado. Pero si la moneda es falsa…aparecerá el dueño”.



FRASES POPULARES: "ESE NO QUIERE MAS LOLA"

Lola era una marca de galletitas de principio de siglo XX fabricadas por Bagley, famosas por el cuidado en su elaboración, llevada a cabo con los mejores ingredientes y sin ningún tipo de agregado artificial.
Esto las convirtió en las preferidas de los grandes médicos especialistas que las recomendaban para la inclusión en las dietas de sus pacientes, sobre todo los que no podían ingerir alimentos convencionales.
Tanto fue así, que en los sanatorios, clínicas y hospitales comenzaron a incluirlas en la alimentación de enfermos de toda clase.

Cuenta la leyenda que una persona X había visitado a un amigo internado y mientras recorría junto a otra las instalaciones del nosocomio, fue a dar a la puerta de la morgue, de donde salía un enfermero empujando una camilla que portaba un cadáver.

Ante tal escena, el visitante luego de mirar pasar al macabro cargamento, giró, miró a su ocasional acompañante y le dijo: Ese, no quiere más Lola...", aludiendo a la condición de reposo del "fiambre", que ya no comería ni esa ni ninguna otra marca de galletitas.

Con el tiempo, la expresión comenzó a significar alguien desiste en su intento por alcanzar un logro inaccesible o alguien que abandona una tarea.